Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

BERUGO CARÁMBULA Y LA NIÑA DE LOS TRES ESPEJOS

 

 

 

Con los ojos cerrados. Los besos se dan bien con los ojos cerrados, porque con los ojos abiertos sos un búho o una cara de caricatura o una boca dada vuelta, los besos se tienen que dar con los ojos cerrados porque tienen gusto más dulce, a helado de frutilla a la crema, a mielcita, a flan con caramelo. Además porque así, con los ojos cerrados, aspirando ese beso de fruta arrancada, viajando al mundo de las bocas rozándose e inventando una nueva forma de quererse, así, esos escasos segundos, saben a sueño cumplido, a perfección suave y esponjosa.

     

          Con los ojos cerrados beso la boca fría, la boca de papel, una boca que no es como mi boca, contra la pared, en una cabeza que no es tamaño cabeza, es tamaño ídolo de Hollywood en pared de niña enamoradiza, lo beso y tengo miedo de que mi saliva termine por hacer un agujero en el póster de Michael Fox y después en la pared, y que a través de un boquete me roben la infancia, la saquen por la pared, sin catalogar, en canastos, que la suban a los fletes, que la alcen peones rudos sin tener cuidado con las cosas frágiles, con lo que se puede romper si no se trata con cuidado. Y así, apilada y arrumbada en la oscuridad de un camión húmedo y desvencijado que pierde aceite, así mi infancia se muda, y se terminan esos ojos de niña blonda de bucles hasta la cintura que sueña de pie.

           

      

          Frente al espejo, espejo de tres puertitas del baño de los azulejos negros y del inodoro amarillo, parada en un banquito, un banquito que sirve para jugar a ordeñar las vacas imaginarias que a veces salen de mi cabeza de escritora que escribe con una pluma invisible en el aire, y que si fuera pluma volaría y que si pudiera escribir en el aire, las palabras serían pájaros y me llevarían a pasear por todos los planetas, los inventados y los otros. Me pongo a charlar con la del espejo, que soy yo pero más perfecta, más bonita, más crecida, hasta usa corpiño y a veces, shhh, a veces se pinta los labios de color rojo zapato de Dorothy del Mago de Oz. Hay tres puertitas con espejos en el botiquín, yo me paro justo en la del medio y cierro las otras contra mi cara. De golpe aparecen frente a mí seis deidades, seis niñas de rulitos, mejillas amanzanadas y ojos color piedra esmeralda de algún cuento que ahora no me acuerdo, todas hablamos a la vez, nos sacamos la lengua, seis lenguas en la inmensidad espejeril, una de ellas se hace la mala riéndose como Maléfica, pienso que las brujas tienen cosquillas porque se viven riendo, hay otra muy tímida que casi no puede mirar a nadie a los ojos, y otra que es una niña prodigio, canta imitando a los famosos, repite diálogos enteros de películas como Volver al Futuro parte uno, dos y tres, se hace la Xuxa, la Flavia Palmiero, la Princesa de todos los libros, ella se cree la más bella y espera que un día no muy lejano, un príncipe la haga despabilar de su ensoñación real o de su realidad ensoñada. Que ese don Juan pero fiel tenga un caballo blanco y si es alado mejor, y si tiene un cuerno más pletórico aún y si habla, ya sería el colmo de lo perfecto. Esa niña que cierra los ojos para besarse a ella misma, porque se quiere, porque se siente linda y porque le gusta empañar a los espejos con su aliento y dibujar corazones que después se evaporarán, porque se siente viva y feliz.

 

           

          Mira muy de cerca la pantalla, la mamá siempre le dice que por lo menos un metro y medio de distancia porque si no va a quedar ciega, pero a ella no le importa, no sabe medir a ojo y además necesita ver con detalle, “para verte mejor” como dice el Lobo Feroz vestido de abuela, le urge comer esa cajita de fantasías, esa cajita que le devuelve imágenes de heroínas preciosas, que cantan, bailan, saben llorar con lágrimas sin utilizar cebolla y sin la necesidad de agarrarse el dedo con la puerta. Necesita estar muy cerquita, que el brillo de la tele la transforme, que la rocíe con polvo de hadas para poder formar parte de ese universo de cristal, adentro de un decorado, debajo de una de esas luces tan radiantes de los estudios de televisión y así, tan de cerca, poder descubrir los secretos que guardan esas estrellas que parecen recién caídas del cielo, no caídas, más bien, depositadas suavemente sobre la superficie de nuestro planeta para embellecerlo, llenarlo de color y de sentido. Y así, tan pegada al televisor que podría desayunarlo, llenarme de Barbra Streisand, de Marilyn Monroe, de Madonna, de Andrea del Boca, de Diana de Invasión Extraterrestre, de Mary Poppins, de las Trillizas de Oro, de todas las divas, de todas las protagonistas de las historias más fantásticas, románticas y pomposas. Porque de cerca me llegan esos colores fuertes y penetrantes, y la abrazo, la estrujo, para que nunca se apague, para que siga llevándome a soñar con ella de la mano de mis ídolos de carne y hueso pero enfrascados ahí, porque yo quiero ser ellos, yo quiero ser esa estrella que un día se desprendió del telón de la noche y flotando en la cola de un barrilete extraviado vino a parar a este mundo para embellecerlo, para llenarlo de luz y de sentido. Beso la pantalla, está fría y la estática me hace cosquillitas en los labios, me río escupiendo el vidrio y ahora la saliva descubre un arco iris en cada gotita, me quedo maravillada, cierro los ojos y pido tres deseos.

 

         

          Antes de soplar las velitas, claro, están los tres deseos, me encantaría que fuesen más, que sean cientos de miles de deseos y que al soplar el fuego de esas velitas ya derretidas y mezcladas con la crema chantilly de la torta, se cumplieran mágicamente como en aquellos cuentos. Cuando se piensa, se imagina, se sueña tan alto como yo… Cuando querés comerte la luna, cuando soñás tantos imposibles, tu día a día, tu cotidianeidad, se transforma en un todo que te decepciona paso a paso, que te desencanta. Escritora de best sellers pero con contenido, diva, estrella de la tele, de la pantalla grande, guionista y directora de cine, mujer despampanante de belleza perenne y natural, deseada por todos los hombres, amada solo por uno: él, el perfecto, de jopo inamovible, de sonrisa diáfana, de pectorales anchos, madre de dos hijos pero sin perder la figura en nada, hablando cinco idiomas, licenciada en alguna cosa importante, eximia actriz, modelo, admirada por las mujeres y por todas las minorías del planeta, defensora de causas justas, millonaria pero dadivosa y austera, impactantemente hermosa pero intelectual y profunda. Conocedora de todas las filosofías, incansable exploradora de todos los continentes. Una mujer satisfecha, radiante, talentosa y feliz por donde se la vea.

 

 

          Yo pienso que en las tortas de cumpleaños, en el piso de arriba en lugar de los números que cumplís, en vez de los confites y los adornos habría que poner un espejito, entonces antes de soplar las velas, obligarse a mirar fijo ahí. Espejito…espejito. ¿Qué ves? ¿Qué cambió? ¿Qué fue de tu vida? ¿Qué fue de tus sueños, proyectos, deseos? Mirarse fijo empañando el espejo con el propio aliento comprobando así que seguís viva todavía, que tu oxígeno dibuja en los espejos, si querés podés darte un beso, pero esta vez sin cerrar los ojos, como el beso de la mafia, de la muerte, un beso de amenaza, de desaprobación, de bronca y en el momento en que todos cantan, eufóricos y distantes, ahí sí, cerrar los ojos y sólo escuchar a esa niña que te susurra al oído. “Aún hay tiempo. Soñá. Volá. Deseá. Dale sentido al sin sentido. Dale forma a ese vacío. Salvate”.

 

 

          Estoy viendo a Berugo Carámbula, me encanta el programa sobre todo por la parte esa en que el conductor recita: “Y los sueños sueños son, pero aquí se hacen realidad”. La participante que vino de entrecasa, desarreglada y bastante fea, si acierta el bolsillo con el dinero, gana la posibilidad de que en un abrir y cerrar de ojos, como si Berugo fuera un hado madrino pero de saco, corbata y bigotes negros, la transforme en una reina, princesa no porque es demasiado vieja, ella baja las escaleras, con vestido nuevo, pelo batido y maquillada. Lo que más disfruto ver es ese brillo que tienen en los ojos una vez que aparecen transformadas y esa sonrisa que parece pegada con La Gotita, nada ni nadie se la puede robar. Me quedo mirando la pantalla, con chispitas en los ojos y sonrisa a prueba de balas. Ahora beso el bigote negro de Berugo, se me paran los pelos por la estática, me da risa, me río, y pienso que así debe sentirse un poco el primer beso de amor, y me anoto en el diario íntimo para no olvidarme jamás: el primer beso hay que darlo con los ojos cerrados, de esa manera será posible lo imposible. De esa manera escribiré yo misma con tinta indeleble mi propio final feliz.

 

 

 

            Marcia Lo Feudo

Contacto: www.marcialofeudo.com.ar

Ph: Loruhama Teruya Rossi

 

 

Agradecemos a Mundo Feliz: San Martín 1300- Luján- 02323-15-678498

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