Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

Cavilaciones de una mujer en espera

 

 

 

    

Dedicado a todos esos b… que no me llaman…

 

No me llama, no me llama. Sin embargo, me dijo “te llamo”, pero se ve que no tiene palabra porque ahora no me llama. Sé que nos vimos a la noche, bah, ya era de madrugada cuando me lanzó su promesa como un dardo envenenado al corazón, “te llamo”, pero ahora no me llama, ya son las nueve de la mañana y no me llama. Claro, debe estar durmiendo, para reponerse de la noche fogosa que hemos pasado.

     

          Yo ya no sé qué es lo prudente, si esperar más de una noche o no, porque después de los treinta una tiene miedo de que el otro se piense que una se hace la mojigata, la casta, que es aburrida o que no sabe hacerlo bien, o que no está depilada, qué se yo, hay tantos fantasmas, tanto en qué pensar para que él no piense que al final, una hace lo que le dicta el corazón o los estrógenos y se entrega entera. O una parte, porque para darse entera primero hay que estar entera y yo hace rato que estoy hecha pedacitos, fracciones decimales, partículas que con un vientito se deshacen y se esparcen todas por el éter.

           

      

          Pero aún no me llama, todavía no me llama. Una pasa así, del amor al odio, de la pasión al rencor absoluto, de la ensoñación a la desidia. ¿Será que con el tiempo una se encanta y se desencanta más fácilmente?, como cuando vas a ver una película de terror: mientras las luces están apagadas te la creés y hasta algún salto o gritito histérico te mandás en la butaca, pero vos sabés que cuando se prendan las luces y te calces la cartera ya todo habrá pasado, el Cuco no existe, Jason es un bipolar medicado y Freddy Krueger da menos miedo que Marcelo Polino. A lo mejor es que estamos tan bombardeados de fotos, de propagandas de gaseosas que te muestran cómo tendría que ser una relación ideal, una familia tipo reunida en la mesa, o de las novelas de la tele con esos actores que parecen ser devorados por el personaje y miran a la protagonista con una luz en los ojos que traspasa la pantalla y es inevitable pensar: “entre estos dos pasa algo de verdad”. Son actores que encarnan su papel magistralmente y lo juegan tan creíble que el público se come toda la historia y los sigue, el rating sube, la novela se alarga y empiezan a chiclear las situaciones, se estira todo hasta el aburrimiento y las historias secundarias cobran más protagonismo y se tornan más interesantes que la pareja principal. ¿Será eso? Que después de un cierto tiempo todos nos volvemos chiclosos, aburridos, que nos tentamos por cambiar de canal en nuestra propia vida, que los otros pasan a ser los protagonistas de nuestra ficción-reality, que los demás tienen más peso en nuestra historia que nosotros mismos, o que somos actores de reparto que por momentos tenemos más cámara y que por momentos pasamos al olvido, o un día nos atropella un camión, nos caemos de una escalera y quedamos en coma, en pausa, hasta que el rating vuelva a caer y nos vuelvan a necesitar para protagonizar, para encabezar, para salvar las papas, y así, malos actores, inverosímiles comediantes de nuestra existencia.

 

           

          Todavía no me llama, che. No interrumpe mis cavilaciones con un “hola, linda, qué hacías”. No me manda un texto o un watsapp con un “soñé toda la noche con vos, muero por verte otra vez”. Frenate ahí, reina, yo ya sé que cuanto más imagine más me voy a desilusionar después, porque por lo general la fantasía no coincide con los hechos fehacientes, nunca, o cuando finalmente eso pasa, firmás la libreta, qué se yo, a mí nunca me pasó hasta ahora…O si me ocurrió, ya no me acuerdo, quedó archivado en una temporada anterior de algún capítulo de mi vida en VHS. Pero la realidad siempre supera la ficción, yo estoy esperando que alguien supere mi imaginación, mis expectativas, mis elucubraciones, y ahí sí, le hago un monolito, saco una solicitada en el diario, me interno en un convento tibetano, porque yo vuelo a millas de acá y no creo que exista el ser humano capaz de igualar mi nube de luciérnagas, o si lo hubo, ya no me acuerdo.

 

         

          Y éste que no me llama. La primera vez con alguien nunca es del todo guauuu. Siempre hay algún tropiezo, vergüenza, un respeto excesivo “permiso, voy a bajarte el cierre”, el corpiño se traba, hace frío y te ponés a temblar de repente, él te tapa, la sábana se anuda, nos caemos, nos reímos haciéndonos los relajados pero la cosa se baja y hay que remarla de nuevo, una que no sabe si hablar o hacer de mudita, porque a lo mejor lo desconcentrás, no sabés si ser romántica o vedetonga o Barbie, entonces tratás de ser un mix de esas tres variantes de mujeres y te ponés tan tensa, que ni bien él te toca, le producís electricidad y tu cuerpo lo expulsa de vos mediante una patada de cien voltios y va a parar contra la pared. Para reconstruir el clima, ponés algo de música, nunca sabés si esa canción lo va a poner hot o melanco o lo enfriará, por lo tanto, bajás el volumen todo lo posible y solo se percibe un leve ronroneo, el ruido de los besos o de los dientes chocando te provoca risa, pero no da reírse, verlo desde ciertos ángulos también te causa impresión, sorpresa, ¿cosita? Y siempre el deseo va por delante, es como que se mueve a la velocidad de la luz, mientras que los cuerpos son polillas bobas que han quedado varadas entre el mosquitero y la ventana. Vos querés estar ya dentro de él, sentirlo, él quiere terminar ya y pedirse un helado, vos querés abrazarlo y que te diga “lo hermosa que te estás, lo resplandeciente, lo atractiva que sos en todas las posiciones y que sos tan sensual, tan perfecta que se casaría con vos ya mismo, que en el baúl del auto dejó encerrado al juez de paz por si esto funcionaba”. Pero por lo general, las cosas no resultan tan ideales, él dura menos que lo esperado, a vos te arde, te duele o no te pasa nada (que es lo peor), él se duerme babeando sobre tu pecho y se excusa diciendo que madrugó, él transpira mucho, tiene aliento a cigarrillo y no te gusta, vos te ponés entre mecánica y a la defensiva, entre descartable y nena que se perdió en la playa. Hasta que sucede, una grieta, una respiración, el ruido de la heladera que arranca de golpe, el ladrido de un perro que despierta de una pesadilla, él busca sus pantalones, vos te servís agua y hacés fondo blanco, transparente, te secás la boca como si hubieras tragado mil lágrimas, él te suelta un beso cerca de los labios y te declara “Gracias por todo. Te llamo.” A vos te suena tan de compromiso, tan de frase llena espacios que no le devolvés nada, solo torcés la boca, cerrás la puerta con doble llave, apagás todo, desenchufás la heladera, doble dosis de valeriana en gotas y a dormir hasta que alguien te despierte con un beso que te libere del hechizo.

 

 

          Pero él no me llama. Pues bien, que se vaya ahí, donde van a parar todos esos hombres con el corazón de plastilina, donde van a reunirse todos esos que te endulzan los oídos con el único objeto de satisfacer su necesidad básica, esos que mientras buscan el calzoncillo ya están pensando en la próxima víctima para desagotar sus ansias sementales, que se entierre en ese agujero donde están los donjuanes de outlet, los picaflores de celofán, los dandis vende humo que se transforman en ogros onanistas a la primera de cambio, los que cornean a sus novias incansablemente pero que no tienen testículos para dejarlas, los eternos nenes mimados de más de treinta que todavía no saben qué quieren hacer con sus vidas, los que tienen mambos existenciales: filósofos devenidos en intelectuales roñosos, los ex que se piensan que te tienen atada a su bragueta por los siglos de los siglos, los histéricos clase b que se creen irresistibles y son más insulsos que otra cosa, los pendeviejos que buscan resucitar su virilidad momificada, los jóvenes con el síndrome “mamá dame la teta” y todos todos los hombres que de tanta revista transpirada, tanta pantalla titilante se piensan que sos una imagen vacía más, un holograma que deja de existir cuando ellos deciden apagar el sistema.

 

 

          Ahora me llama. ¿Cuántas veces puede sonar el celular hasta que atienda el contestador? Cinco veces, ah, mirá, ahora me estará dejando un mensaje, supongo. Está bien, que hable conmigo, conmigo misma pero grabada, ceremonial: “dejá tu mensaje después de la señal”, que recite su discurso del día después, sus frases de sobre de azúcar, su versito de primero inferior, total. ¿Cómo era para escuchar el correo de voz? ¿Cuál era la clave?

 

 

          Ma´ si. Lo llamo yo.

 

 

            Marcia Lo Feudo

Contacto: www.marcialofeudo.com.ar

Ph: Loruhama Teruya Rossi

 

 

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