Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

La chica sin rueditas

 

 

 

    

A mi hermana.

 

Hay un tiempo para todo. Dice uno y hay otro que lo repite, los demás escuchan, imitan y se acotan a esa parábola nefasta sin saber del todo lo que significa, agachan la cabeza ante un dios de palabras hechas porque sí, porque es la costumbre, porque el vecino lo tiene.

     

          El tiempo en una botella de arena, el tiempo y unos brazos que suenan como un tic tac, como una alarma, algo se quema, nos están robando algo, nos avisan algo, alerta, es el tiempo, que está por un segundo y que al segundo se escapa.

           

      

          De chiquita no tuve bicicleta, no me acuerdo por qué, a lo mejor porque no sabía andar, entonces ¿no había bicicleta porque yo no sabía andar en ella? ¿o como no había bicicleta yo no pude aprender? El huevo o la gallina, la bici o la falta de bici, el miedo o la censura. En fin, pasé toda una infancia a pie, a auto Peugeot de mi papá, a remís, a mamá de amiguita que me alcanzaba. A andar en la parte de atrás de algunas bicis.

 

           

          En la secundaria, un profesor de Biología, propuso una salida: ir todos en bicicleta a un arroyito a pasar el día e investigar su ecosistema. Todos contentos, menos yo: porque no sé andar en bici, porque soy una nena grandota que no tiene equilibrio ni independencia, una chica con miedo, una chica sin rueditas. Todos en bicicleta y yo en el auto de la señora de mi papá yendo despacito para no salir tanto del grupo: es que no tengo bicicleta, fue mi respuesta… Una vez más sintiéndome rara, que no encajaba en ese todo, fuera del resto, inferior porque los demás sabían lo que yo no.

 

         

          Esta experiencia me frustró, claro que me frustró, por un tiempo no quise saber nada ni de bicicletas, ni de canastitos ni de pedales. Pero a los dieciocho años, con esto de anhelar la autonomía, de ahorrar la plata de los remises que me daba mi papá o de sentir el vientito en bajada, le pedí a mi hermana mayor que me enseñara. Porque yo sola no hago estas cosas tan importantes y complicadas, porque ahora, a esta edad, a esta altura, el piso me quedaba lejos y me daba miedo, el golpe, la vergüenza, el qué dirán.

 

 

          Plazoleta, día de sol, bicicleta que nos había regalado papá a las dos (esos regalos que se compran para dos pero terminan siendo de una sola) fucsia y blanca con canastito y cerezas pintadas, transpiro, siempre cuando tengo miedo transpiro, respiro hondo, me subo, ella, cuatro años más grande, con una fuerza y paciencia sobrehumanas, me empuja de atrás, yo tambaleo, aún no tengo equilibrio, ella me dice que pedalee, a mí me da miedo, me quedo trabada en el intento y enseguida apoyo un pie en el suelo, un pie que se salva a tierra, un pie sinónimo del miedo. Ella me reta, siempre me reta, que no sea boluda, que no pasa nada y que si me caigo más del suelo no voy a ir, pero siempre me da ánimos, me hace algún chiste y me invita a subir otra vez y otra, y otra. Transpiro, tiemblo, me pongo roja del calor y de la vergüenza, siento que todos me miran, que todos miran y se burlan de esta nena grande, poco desarrollada, pero alta, nena de dieciocho con botones mamarios, cuadrada, bebota, sin haber dado el primer beso, sin haberse despegado jamás de su hermana ni de su casita de cristal, nena grandota de tiempo lento, nena sin rueditas, nena de miedo.

 

 

          No sé cómo ni cuándo, porque en realidad el tiempo acá no importa, pero de repente me animo a pedalear, uno, dos, mi hermana me empuja de atrás, empieza a trotar y llega un momento en que ya no me puede sujetar y me suelta, porque voy más rápido, porque voy con el viento, porque empiezo a tener equilibrio, empiezo a conocer lo que es el equilibrio y me empiezo a olvidar de lo que significa el miedo. El sol en la cara, los ojos medio cerrados, el viento que me pedalea en el pelo, los poros de la piel que se abren como girasoles. A mi hermana la veo a lo lejos, aplaudiendo, saltando, toda acalorada, pero orgullosa, orgullosa de su hermanita pequeña con quien ahora tendría que empezar a compartir (o donar para la causa) su bicicleta de cerezas pintadas, yo también me río, grito, me hago un poco la canchera, porque siento que todos ahora me están observando con admiración. ¡Miren a esa chica sin rueditas, sin rueditas aprendió a andar en bicicleta a los dieciocho años, toda una proeza, está para el Guiness, o para el diario local aunque más no sea!

 

 

          Es curioso como ahora a la plaza la siento tan distinta, como todo arriba de la aliada fucsia se ve de otra manera, de una manera más aireada, más fresca, una manera más mía. Saboreo el viento con la boca abierta, se me escapa la saliva y me río a carcajadas, la saliva que se desata, que vuela fuera de mi boca, Mi hermana ya no está viéndome por si me caigo, vigilando, cuidándome desde el otro lado de la calle, pero no importa, porque ya no tengo miedo, ahora voy por el mundo, contenta, porque estoy aprendiendo de a poquito otra palabra, una de las palabras más hermosas y profundas, estoy aprendiendo, de a poquito, lo que quiere decir: libertad.

 

 

            Marcia Lo Feudo

Contacto: www.marcialofeudo.com.ar

Ph: Loruhama Teruya Rossi

 

 

Agradecemos a Mundo Feliz: San Martín 1300- Luján- 02323-15-678498

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