Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

Mar en Cumpleaños

 

 

 

    

Y vino la torta, soplar las velas, cantar el feliz cumpleaños desafinado, aplaudir, pedir tres deseos, cortar la torta, servirla en servilletas, sentir el tiempo como una sombra, ...

       ...como un cuervo espiando por la ventana, los regalos en bolsas de cartón, la mesa vestida de fiesta, los invitados con sueño pero disimulando, hablar de lo mismo, de lo que pasa, de lo que no pasa, de las malas decisiones del gobierno, de las vacaciones de invierno, de las de verano, halagar el dulce de leche de la torta, las aceitunas de las pizzas, el condimento de los panes, decir estás más flaca, estás más rubia, estás igual. Y el reloj como un baldazo de cemento, moscas zumbando a nuestro alrededor pero en silencio, sobrevolándonos nuestras caras de muy rico todo, mirando fotos en algún álbum, poniéndonos al día con esa gente que sólo frecuentamos en reuniones.

           

       Y en un momento en que las palabras caen a un remolino quieto, donde ya se habló de todo lo posible, donde nadie baila porque está cansado y porque la música ya no nos divierte, todos nos quedamos mirando a la bebé de la fiesta, mirá cómo se ríe, mirá cómo hace, parece que hablara, la boquita, la manito, los ojitos, el babaú, la mema, acatá, los rollitos, los  mofletes, mirá cómo se le cae la baba, mirá como hace provechito, todos la miramos, ella no entiende nada, ya nadie habla de política ni de precios altos, ahora todos se quedan mirando a la bebé, cuánto tiempo tiene, qué grande que está, parece mentira como si ayer te hubiéramos ido a visitar a la clínica, y las campanadas de la iglesia que suenan a lo lejos y se filtran entre los temas de moda de la radio FM.

 

            El círculo alrededor de la lactante sigue hundido en observar sus mínimos cambios de expresión, su balbuceo inentendible, sus reflejos, sus tics, su abrir y cerrar de ojos, su abrir y cerrar de boca, mirá cómo te mira, mirá cómo bosteza. No aguanto más y voy al baño, desde el inodoro vislumbro un par de caracoles de mar, de diferentes tamaños y tonalidades. Me pongo de pie, frente al espejo, cierro los ojos y me llevo uno a uno los caracoles a mi oreja, pruebo con una y otra oreja, cerrando los ojos, tapándome el oído contrario, después los dos caracoles a la vez como si fueran el mar en estéreo. Y sonrío. Porque yo lo escucho, escucho al mar encerrado en esa caracola, en la profundidad de su cuerpo. El mar susurrándome al oído, el mar que parece estar eternizado allí, sobre ese mueble en ese baño, lejos de la gente que mira a la bebé, lejos de todo ese absurdo de manteles coloridos, lejos de ese espanto en moño.

 

           Parece ser un secreto que yo he descubierto, sola, de pie, frente a ese espejo algo empañado, estoy escuchando el mar, encerrada en ese baño, en ese pueblo de río podrido y de mentes petrificadas, yo, me salvo, escucho la música más preciosa, el ronroneo del mar, la sensualidad de las olas, el presagio de la espuma, ahí, en ese baño, en lo más hueco de ese caracol comprado en algún puesto de artesanos, en alguna feria de la costa atlántica o en un mar extranjero, en un mar de temporada baja, pero ese mar ahora es mío, me hace cosquillas en el borde de la oreja, me sopla el cuello, me hace reír y hasta emocionarme, puedo sentir también el sol, la brisa marina, abrirse el techo, ser atravesada por los rayos dorados, salpicada por la sal, vestida por la bruma, siento arena mojada, aroma a puerto, airecito tibio, agua, sal, horizonte, yo vestida de blanco, liviana y feliz, mi pelo volando enrulándose con el viento, yo que miro al cielo de nubes movedizas, yo que siento lo caliente sobre mi cuerpo tostado. Golpean la puerta, y vuelvo, ante el espejo, con dos caracoles de diferente tamaño sobre mis dos orejas.

           

          Pido perdón que no encontraba el papel higiénico, vuelvo al círculo quieto, ahora miran a la bebé que se ha quedado dormida, mírenla parece un angelito cuánta paz que tiene, dicen que cuando duermen crecen, quién pudiera dormir con esa paz, quién pudiera… De repente todos callan, quedan aletargados en un pensamiento sin salida, en una foto de la infancia, en un adiós, empetrolados, como adentro de una pecera. Entonces me acerco al equipo de música, tomo el micrófono, subo el volumen todo lo que da y coloco el caracol, la parte hueca del caracol en el micrófono. Ahora todos escuchamos el mar, todos sonríen con los ojos, todos se miran con dulzura, todo parece tener sentido, nadie pregunta de dónde salió ese sonido, porque es como si lo hubieran estado esperando toda la noche, como si la única razón de ese día hubiera decantado en ese momento, en escuchar el mar en estéreo, a todo volumen, en esa reunión, y la bebé -que se despertó un poco celosa por haber perdido el centro- se pone a llorar como marrana, nadie la escucha, y como encantados por algo invisible, todos cierran los ojos y se dejan llevar… De algún ojo cerrado suavemente brota alguna lágrima, que es de sal, que es de tiempo a cuerda, que es de mar, un mar invisible y eterno.

 

 

            Marcia Lo Feudo

Contacto: www.marcialofeudo.com.ar

Ph: Loruhama Teruya Rossi

 

 

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