Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

ABUSADAS DE VEREDA

Palabras como flechas envenenadas

 

“Lo que más me gusta de estar buena, son las reacciones que despierto en la calle. Congelar conversaciones en una esquina y que se haga un silencio con contenido cuando yo paso de ida o de vuelta. Y sí, yo soy una de esas chicas que andan regalando su exuberancia por ahí. Soy de las que detienen el tránsito, las que desatan bocinazos, cabezas fuera de ventanillas, hasta algún choquecito, capaz. Dicen que provoco, pero a mí me gusta vestirme bien, a la moda. Y en las vidrieras los maniquíes se visten como yo, y en la tele las chicas son iguales a mí, así que debe estar bien. Pero ni bien piso la calle, parece que la ciudad se convierte en una jungla: lobos, depredadores, tiranosaurios, buitres, pumas, osos, boas constrictoras, cocodrilos, hay de todas las especies y andan al acecho por donde quiera que vayas, de día y de noche. Sus garras son los ojos, tienen radares, rayos equis, te hacen mamografía, resonancia magnética y colonoscopia, todo junto. A veces los ojos y la elongación del cuello que acompaña el contoneo no alcanzan. Entonces, escupen palabras, es como que eyaculan piropos al azar, algunos bien dichos, hasta ingeniosos, otros escatológicos, perversos, que huelen mal”.

 

Elegí arrancar esta crónica con el comienzo de un cuento mío llamado “Helado de agua” para ilustrar lo que las mujeres padecemos desde edades tempranas hasta avanzadas, solo por el hecho de caminar por la calle, de desplazarnos de un lugar al otro. Es de público conocimiento que hace poco el conductor Jorge Rial se peleó a golpes en la vía pública por defender a sus dos pequeñas hijas de apenas 13 años que habían ido a comprar víveres a un mercado y que fueron atacadas por dos adultos beodos que le proliferaban frases soeces, como “vení a chuparme la p…, te meto el chorizo por la cola, te desvirgo”. Por suerte estaban acompañadas de la novia de Jorge, porque si hubieran ido solas, tal vez hubiera terminado en acoso, violación o algo peor. Es que los hombres se sienten con derecho a exteriorizar sus emociones como si nosotras fuésemos muñecas inflables a batería, sin mente ni corazón. Uno de los cuatro acuerdos que fomenta la sabiduría de los toltecas es “ser impecable con las palabras” Esto quiere decir hacer buen uso del verbo, tener mucho cuidado antes de hablar, antes de decir algo, cualquier cosa, porque el poder de las palabras es inconmensurable y su efecto es residual. Las palabras a veces pueden sentenciar, enloquecer, matar.

 

Las hembras debemos naturalizar estos piropos, estos comentarios, como si fueran parte de nuestra vida cotidiana, algo tan normal como que se largue a llover, a veces nos hacemos las que no escuchamos, otras nos sonrojamos, otras nos horrorizamos, otras respondemos, porque también tenemos boca, con el miedo de una represalia, porque a ellos les gusta demostrar quién la tiene más grande.

 

Violencia, eso es lo que genera este pasatiempo del género masculino, violencia contenida, indignación, bronca, ira. La degradación, el acoso verbal constante que sufrimos las mujeres se va acumulando en nosotras y esto luego repercute inevitablemente en nuestras relaciones (con jefes, parejas, amigos, pares, familiares, compañeros de trabajo) Y los babosos verborrágicos, que tienen vía libre para pregonar sus dichos, que ejercen violencia que no se castiga ni condena, puede ser que el día de mañana se conviertan en violadores, maridos golpeadores, asesinos pasionales, porque nunca le ponen un freno, porque son psicópatas agazapados de corbata y celular.

 

La argentina es violenta, el mundo es violento, el bullying, los conflictos bélicos, las guerras verbales de vedetongas en los canales de aire, los enfrentamientos ideológicos, políticos, todo empieza con una palabra impecable que azota, es la que le quita la traba a la granada, la que desata hecatombes y resentimientos.

 

De niña yo era muy vergonzosa y le tenía temor a los hombres porque mi madre me vivía hablando mal de mi padre, ante cualquier varón que me dirigía la palabra yo me sonrojaba, no podía mirar a los ojos, cuando me mandaban a hacer un mandado iba corriendo, tratando de mimetizarme con el viento y así desaparecer, porque tenía miedo, ¿a quién? A ellos, a los que hacen mal a las mujeres, a los que hacen mal a mamá. Por suerte, luego aprendí a discernir, que los papás separados a veces toman a los hijos de psicólogos (y no saben el mal que pueden causar), que todo es relativo, que mi padre es un gran hombre y que como él existe, seguro allá afuera hay un par de ejemplares que valen la pena conocer. Pero cuesta mucho (porque somos vulnerables) acallar el miedo, olvidar las palabras, sanar.

 

Respeto, cuidado, solidaridad, piedad, comprensión, empatía, amor, son palabras antídoto, palabras de luz que tienen alas y que pueden abrazar.

 

 “En primavera, con los primeros calores, parece que el vapor del asfalto mezclado con los fluidos del cuerpo, las minifaldas, los tops, las pancitas al aire, los piercings, los tatuajes y el strapless, hacen que los hombres se derritan como un helado de agua que escapa a la mordida, chorrea la frutilla, se hace el charquito en la vereda y queda pegajoso, así, gotean, transpiran, agarran. (…) Ni mis hermanos, ni mamá, ni papá, ni en la escuela, nadie, sigue todo igual. Pienso que a más de una le pasará lo mismo y que se lo guardan para que todo siga su curso normal, para no llamar la atención, para no desacomodar nada. No sé, a veces pienso que tendría que cambiar mi look, mi vestuario, pero después pienso que da lo mismo, que ellos sí te pueden ver lo de adentro, que ellos sí saben. Entonces, ya no importa cómo te vistas, sos una presa más, un saldo paseando frente a ellos que saben, que en cualquier instante, si quieren, pueden sacarte de la góndola y tragarte, consumirte hasta el último sorbo”.

 

 

MARCIA LO FEUDO

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PH: Manu de Biasi

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