Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

CASI UN STAND UP: FIN DE AÑO

La absurda desesperación de noviembre

 

 

Llega noviembre y automáticamente se escucha un rumor en la calle y en la vereda: “ya se termina el año, che”. Se nos vino el año encima, qué bárbaro, parece mentira. Como si el almanaque de repente tomara otra entidad, una entidad diabólica, burlona, guacha. “Se te fue el año, leruleruuuu, y todavía no pudiste hacer ni la mitad de las cosas que te propusiste levantando la copa el 31 de diciembre a las 12 del año pasado”. Si somos de hacer una listita de lo que queremos hacer el año próximo, los objetivos, porque como bregan las filosofías modernas de la ley de atracción, hay que visualizarlo, ponerlo en papel, sacarle una foto al auto que te querés comprar y apresarlo con un imán en la heladera, fabricar una lista: empezaré el gimnasio, ahorraré, dejaré de fumar, terminaré aquella carrera postergada, haré ese curso tan deseado, empezaré meditación, yoga, buscaré un trabajo en donde me paguen y valoren más, seré feliz cada día. Te pido que agarres la listita, si no la tenés a mano, soples el polvillo anual que ha acumulado y empieces a tildar los deberes que ya pudiste cumplir. ¿Y? ¿Cómo te fue? Lo bueno, en estos casos, es que podés evitar quemarte el marote pensando en una nueva lista, y sentís que un poco estás colaborando con el medio ambiente porque le ahorrás un cacho de árbol más al bosque, esa misma hojita te va a servir para el año próximo porque no has podido realizar ni el 10 % de lo prometido ¿a quién? A vos mismo. Y eso es heavy.

 

Y a la hora de realizar un balance sobre todo lo que te pasó, lo bueno, lo malo, el debe, el haber, la nueva gente que conociste este año (siempre se conoce gente valiosa o descartable), los aciertos, los fracasos, los viajes, los momentos. Tenés que sentirte afortunado al escucharte reflexionar: “Y bueno, por lo menos este año me robaron solo 10 veces, el escaso aumento de mi salario me alcanzó para cubrir todos los incrementos de la canasta familiar, y la luz, y el ABL. Sí, se me inundó la casa, pero gracias a eso pude realizar una limpieza general profunda, muy profunda, se me fundió el auto, el seguro no me lo cubre, pero ahora estoy pensando en comprarme un modelito nuevo, me  rompieron el corazón solo una vez, ya voy aprendiendo, me enfermé de gripe 4 ó 5 veces, pero está bueno porque cada vez que me enfermo adelgazo un par de kilos, que luego engordo en dos días, pero lo importante es que le doy trabajo a las modistas que me ajustan y aflojan los pantalones con continuidad”. Sacar la parte buena a todo, aunque no la tenga, inventarla, engañarnos un poquito para seguir en marcha, un añito más al menos.

          

Porque ya no se puede proyectar mucho, en el mundo actual, con los desastres naturales y sociales, las guerras globalizadas, y las amenazas de nuestros antepasados que nos auguran siempre lo peor, catástrofes, fin de mundo, cataclismo, corralitos, 7 D. Esto agrava la cuestión, porque uno tiene que proyectar a corto plazo, entonces se hace más complicado el cumplir lo prometido a uno mismo debido a que uno dice: “¿Para qué voy a bajar la panza como me dijo el médico porque tengo el colesterol por las nubes si total el 12-12-12 se viene el estallido y nos morimos todos?” Y te clavás el chori con mucho chimichurri pensando “esto es vida, carajo”. Los mayas amenazan con nuestra dignidad en la malla. Entonces habría que hacer una lista diferente. Diez cosas pendientes que siempre deseé hacer antes de la próxima catástrofe: organizar una orgía en casa, bañarme en una pileta llena de helado de chocolate con almendras, mandar a la merda a todos los que alguna vez me hicieron la vida imposible (jefes, ex parejas, actuales), dedicarme a lo que a mí me gusta, viajar a esos lugares soñados, no depilarme nunca más, llorar más seguido, reír más seguido, gritar LA PUTA QUE VALE LA PENA ESTAR VIVO en pleno centro haciendo burbujas y patinando en un solo pie.

           

Pero no, nosotros, los terrícolas, preferimos despedir el año todas las veces posibles, nos gastamos el aguinaldo por adelantado, vamos a salones, restaurantes, compramos morfi en la oficina, mucho champagne, mucho sushi, mucho hablar de lo mismo de todos los días sumado a dónde te vas a ir de vacaciones, qué vas a hacer para las fiestas. Es deprimente que en noviembre el Carrefour de mi barrio me muestre en primera plana los arbolitos de navidad, las pelotitas brillantes, los pesebres, y la p…m…que me p…. Ya sé que se acaba el año pero no me lo refrieguen por la cara con esos muñecos tétricos de papanoeles que nos desean feliz navidad ho ho ho. Entonces empezás a acopiar garrapiñadas, maní con chocolate, sidra, turrones rompe dientes, nueces, frizás a un pavo (ojo, no hablo de un novio), porque sabés que es inminente que los precios se van a detonar y no querés que te agarren desprevenida esta vez, y comprás alguna chuchería para algún pequeñito de tu familia que se cree aún lo del cuento navideño o se hace el que cree (porque esos son los más piolas, a esos les va a ir bien en la vida, y encima ligan obsequios hasta los 16 años porque los padres no le quieren matar la inocencia y mientras el chico comenta con los amigos: este año pido efectivo y nos vamos todos a un cabarulo)

           

No te esfuerces en hacer todo lo pendiente estos dos meses que nos quedan, te lo pido de rodillas, porque es imposible y porque te va a agarrar un bobazo y vas a pasar el año nuevo en sillas de ruedas con la babita colgando mientras todos se emborrachan y empiezan a despotricar con el que tienen enfrente “no me llamaste en todo el año, me debés tanta plata, vamos a separarnos y así”. Porque para eso están estos ágapes, para ventilar los trapitos al sol como si después de las 12, a todos nos agarrara una amnesia global o un corcho nos colonizara el cerebelo o una bala perdida nos neutralizara las neuronas y así, andamos por la vida felices, fresquitos, livianitos, como cuando vamos al baño y largamos todo el contenido de la comilona festiva y después nos sentimos flotando, y vacíos, y atacamos la heladera, el vitel toné, la rusa, el helado semi derretido hecho licuado casi donde se mezclan la frutilla, la vainilla y el chocolate pero a nosotros no nos importa nada, tenemos que llenarnos nuevamente, visitar a los familiares que nunca vemos, sacarnos fotos y postearlas en Internet “Con la tía Mabel en el asilo” y la Tía Mabel, que ya no entiende nada, te dice Feliz cumpleaños, qué grande estás Ramirito, porque te vive confundiendo con tu padre.

 

Fin de año, fin de mundo, fin de engañarse a uno mismo. Tranquilo, tranquila, respirá, aflojate el cinturón, el corpiño, contá hasta cero, reseteáte y volvé a empezar, porque otra, no nos queda.

 

 

 

MARCIA LO FEUDO ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. )

FOTO: MANU DE BIASI

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