Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

DONCELLAS DE LABERINTO

Caminando en redondel

 

Los primeros calores, los primeros contactos de la piel con el sol, de la manga corta, de la bermuda, de aquellos pantalones blancos, capri, calzas, aquellas prendas que se empecinan a obstruir nuestra respiración, a diezmar nuestros rollos abdominales cerveceros, y estamos blancas, flojas, ojerosas, nada que ver con las chicas de Tinelli que están eternamente bronceadas, firmes, imposibles.

 

Entonces empezamos a ir a la plazoleta a caminar, porque es una opción verde, al aire libre, nos ahorramos unos manguitos en el gimnasio, de paso nos bronceamos (con la marca de la remera y de los lentes a lo camionero, pero bueh, todo no se puede) Como toda tarea que recién se inicia, súper entusiasmadas, con la botellita de agua, con el MP3 a todo lo que da, las zapatillas blanquísimas (a mí la ropa de gimnasia me dura muchísimo tengo cosas de más de diez años, no sé por qué me duran tanto…) Al trote, contentas, diosas de espejismo, ilusas.

           

A las dos vueltas ya nos sentimos como una de esas figuras que venían en la revista Anteojito, esas que recortabas y en las articulaciones le ponías un broche mariposa, un monigote al viento, las piernas temblequean, la lengua afuera como caniche en ventanilla, y te gana la viejita que fue a hacer los mandados, el chico con capacidades especiales, el perro rengo, todos son más veloces y atléticos que vos y te sentís tan frustrada. Además querés notar los resultados ya, somos ansiosas nosotras, queremos que al segundo día se nos marquen los abdominales a lo Cinthia Fernández, pero nos consolamos diciendo que esas están todas operadas, hasta los abdominales les implantan, puro plástico son, porque nosotras somos así, lo que no podemos tener, lo denostamos, ese no gusta de mí, es gay.

 

Cuando era chica me encantaba hacer gimnasia con mi mamá, ella ponía a María Amuschástegui  en la tele, y uno y dos y tres y cuatro. Era divertido imitar a esa señora, y hacer deporte con mi mamá, así, entre casa, por supuesto yo hacía todo mal, era más una danza que un ejercicio, un juego. Hoy en día más que un juego es una condena: ¿a quién le gusta hacer ejercicio, loco? Pero bueno, por lo menos, en la plazoleta una puede avistar pajarillos, oler el perfume de las plantas, respirar el aire puro, llenar los pulmones de vida y de naturaleza, guiñarle un ojo a Febo, también se puede contemplar la desidia de los basureros públicos, amoretonarte la piel al querer matar a los mosquitos que te dejan sus chupones en todo el cuerpo, escuchar las guarangadas de los remiseros que se estacionan a tomar fresquito bajo un árbol (descubrí por qué tardan tanto cuando los llamás), porque no sé qué clase de encantamiento tienen las ropas de deporte para los hombres, te ponés el jogging más viejo y gastado, y ellos te piropean como si estuvieras luciendo un hilo dental.

 

Pero vos seguís caminando, porque se acerca el verano y te amenaza, porque por más que no te vayas de vacaciones a alguna pileta te van a invitar, y te da vergüenza, te sentís una vieja de agua a punto para ser sacrificada. Entoncés vos seguís castigándote, es decir caminando, dándole la vuelta a toda la plazoleta, sudando, escuchando música, la misma música, viendo los mismos árboles, escuchando los mismos pajaritos, los mismos remiseros espumosos, y las mosquitas vivas que te chupan la sangre, das la vuelta, y otra y apurás el paso, para ir hacia… la belleza, la esbeltez, para entrar en aquél vestido o ir a la fiesta esa o quince días a Miramar.

 

Una carrera hacia no sé dónde, caminás en círculo, como ratita, como doncella atrapada en laberinto sin la punta del ovillo de hilo, y con el Minotauro al acecho que sería la adiposidad, el tiempo, siempre en redondel, como caracol auto referencial, en redondel, uno, dos, marchás, el test de Cooper, Marinerita niña bonita, los uniformes azul marino de la secundaria, los silbatos, las órdenes, los abdominales bolita, redondo, todo redondo, la vuelta carnero, perros persiguiendo su propia cola, redondo, veo redondo y no llego nunca, no llego, como en una cárcel, como el mirador de Foucault, princesa en la torre, sin salida, perdida, sin salida, en círculo, redondo, calesita huracanada, una y otra vez, sin salida, sin nadie que me salve.

 

El flato de María Amuchástegui, ¿un mito o una realidad?… Eso me pregunto mientras elongo, hay algo en este estado de cansancio en que parece que no podés levantar ni un pie o que el piso te queda a kilómetros y te resuenan todos los huesos cual sinfónica de fin de mundo y los músculos rechinan, son estanterías oxidadas, transpirás, las gotitas te hacen burlas en la cara, en ese estado entre la muerte y la excitación, el no dar más, el no pensar más, la ausencia de todo pero a la vez la presencia de la nada, de la nada en vos, de ese aliento cortado, de los cachetes colorados, la sangre licuada, da como una especie de paz, de estado de gracia o de gloria.

 

Hay que pensar que aunque nadie te diga “cómo se nota que empezaste a hacer actividad física, estás espléndida, aeróbica, aerodinámica” Porque nadie te lo dice, siempre hay que pensar “si no estuviera haciendo ejercicio, imaginate cómo estaría”. Consuelo de tontos pero sirve para seguir caminando. Ya vamos a llegar, paciencia.

 

MARCIA LO FEUDO

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Ph: Manu de Biasi

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