EN EL ACUARIO

La mujer burbuja y Peter Pan

 

No sé si era el sonido ambiente, mezcla de música clásica con sirenas aterciopeladas, era más bien como el eco que podría producir el agua si fuera un instrumento, entonces esta música inundaba todo el recinto y era la antesala onírica perfecta de este mundo de agua y peces, de animales danzantes nadando como volando por las paredes circulares de vidrio, era como un anfiteatro de agua, como un paraíso de paredes acuosas, líquidas, y cientos de peces de todas las especies, convivían, desfilaban tranquilos, en una tranquilidad de paz nueva, de vida eterna, transportándose lentos y perfectos dentro de esa masa transparente que invitaba a sumergirse, a agarrarles las aletas y dejarse llevar, ser uno más, transportarse dentro, pegarse contra las rocas, ser anfibio, abisal, nácar, coral, ser parte de ese universo de oasis tan divino y frágil.

 

Estábamos en un acuario, yo lo sabía, había gente alrededor con cámaras, frases, niños correteando, llorando pochoclos, gritando, mujeres con prisa, hombres con hambre, viejitas cansadas con ganas de siesta, pero yo, que tengo el poder de ser burbuja, me fabriqué una y me metí adentro y fui saltando, flotando etérea contra las paredes de cristal, de manera circular, como pelota o crisálida, yo era una mariposa dormida, mariposa emocionada que podía llorar agua porque era agua bendita, agua que se hermanaba con la causa de esos peces preciosos en total armonía con la música de cuna mágica, con la tibieza del agua placenta, placentera burbuja que me llevaba volandonadando por el espacio y así, silenciaba a los bebés de cochecitos crujientes, a los esposos con su tañido de tarjeta de crédito, a las mujeres con sus risas de peluquería por la tarde y a los viejitos con sus estómagos muertos.  

 

Era yo un pez sin alas, una burbuja deslizándose en lo níveo, en lo incorpóreo. Y era la fauna que levitaba acompañando mi sentimiento y una paz de tarea cumplida, de sueño lento, eso, lento, parecía una ensoñación de un caracol, la alucinación de una tortuga a la hora de la siesta. Esos momentos que dejan de ser momentos para ser estados, para ser milagros de ojos abiertos, la vida en cámara lenta, y la emoción ligera agolpándose en el corazón henchido, conforme.

 

Y alrededor, mi hermano, mi mamá, unidos por la sangre, por el dolor, y los ojos claros. Mi hermano, adulto en un alma de niño, me dice con una cara de video juego: “Vení, mirá, Mar” Tan feliz, tan hermoso. Mi mamá, que es una sirena fuera del agua, que casi no puede caminar pero sí mirar, sí sorprenderse, nos mira a ambos, la de la burbuja llorando, el Peter Pan de la familia casi corriendo por los pasillos entusiasmado por los colores increíbles de aquellos peces, y yo creo que un poco orgullosa se siente, aunque no lo diga, porque somos dos niños reencarnados, porque somos dos adultos con burbuja, con canto de sirena, paz de pez en acuario, somos sangre de su sangre, piel de su piel, fruto de su amor, de su lucha, y también hemos sido pececitos de colores brillantes dentro de su panza tibia, ahora devenidos en adultos que se entretienen un domingo, un día de la madre con su mamá, sirena bella de alas rotas. Quizás nos recuerda nadando contentos y protegidos en su vientre, quizás mira aquél acuario grandilocuente y no puede dejar de vernos dentro suyo, moviéndonos, acomodándonos, a salvo.

 

Yo sé que Mamá Ballena está orgullosa, porque su hija Burbuja Llorona y su hijo mayor, Peter Pan, el niño eterno que brinca y exclama por todo el lugar, como si fuera feliz, como si fuera niño, como si todo el lugar fuera de agua tibia, como si no necesitáramos alas rotas ni aletas para movernos, solo la fuerza del amor y la paz de sabernos familia.

 

MARCIA LO FEUDO

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FOTOGRAFÍA: MANU DE BIASI

 

 

 

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