Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

Marilyn, mamá y yo
Con los ojos de mamá


“Es en los ojos de los demás que uno se ve reflejado por primera vez”, eso sostiene don Lacan que elabora todo un tratado sobre el espejo, la imagen, la consciencia de la imagen propia y muchas otras más cuestiones que no me voy a poner a ahondar aquí. Entonces me pregunto, cuáles son esos pares de ojos que uno ve por primera vez, que te reciben con emoción, dolor, sorpresa, llanto, alegría, euforia. Son los ojos de mamá, ni más ni menos. Y aunque uno no lo asuma, y hasta pelee con esa idea, son esos ojos, los que marcarán tu camino para siempre.

Toda acción empieza con la imitación, la actuación en sí se basa en eso, imitar, para luego hacer, es un acto hasta instintivo que se da desde la época de los cavernícolas y de las mujeres tiradas de los pelos por sus señores esposos. Y cuando una es una niña a la que imita es a la mamá, querés ser como ella, te ponés sus vestidos, sus tacos, sus collares, te pintás los labios frente al espejo, como si fueras una muñeca con corazón, como si fueras una Barbie que quiere ser grande, tener novio, auto, cartera, zapatos altos, y pintarse la cara, usar medibachas, tangas, todo, todo lo que lleva mamá, para ser una mujer, para ser grande. ¿Por qué esa ansiedad de crecer? ¿Por qué esa curiosidad para escalar hacia el mundo adulto? Usar corpiño era mi afán más anhelado de pequeña, mi hermana mayor se desarrolló como a los doce años y siempre fue de tener una delantera prominente y yo… la típica grandota amorfa, con dos moneditas de cinco centavos en donde deberían figurar los pechos. En séptimo grado, le pedí a mi mamá que me comprara un corpiño, de esos que usan las nenas que no tienen tetas. Me acuerdo que me lo puse y al segundo me sentía otra, con 10 años más, misteriosa, quería ir en corpiño a la escuela, pero no daba, a los dos pasos el ñocorpi se me subía, porque no tenía nada que lo contuviera porque yo era más chata que la tabla del dos, así que desistí por un par de años a la idea de lucirlo.

Volvamos: de pequeñas ansiamos en parecernos a esa que nos engendró porque la vemos la más femenina, la diosa de la bolsa de los mandados, la geisha de la leche chocolatada, en la adolescencia, nos peleamos con los modelos que nos impone la sociedad, usamos ropa grande, colores oscuros, nos tapamos, nos da vergüenza todo, usamos el flequillo por la nariz y si alguien en la calle nos dice algo nos ponemos coloradas como el peor día de la regla, más tarde, después de nuestro primer novio y nuestra primera vez, parece que vos vamos acomodando a la idea de que somos hijas de Eva, que tenemos un cuerpo de mina con curvas, puntos ge, y zonas de deleite, nos reconciliamos con lo que vemos frente al espejo, o sea, tenemos una imagen más materna sobre el envase que nos tocó en suerte, y nos vestimos mitad a la moda, y mitad con lo que nos fue quedando de temporadas anteriores y que todavía –loado sea Dios- nos entra. Pero nos asumimos, tenemos un cuerpo que puede ser un arma mortal de seducción instantánea o una cruz de hierro pesada que no nos deja –a veces- ni atravesar la puerta de calle porque nos sentimos más feas que la más bruja de los cuentos de hadas, con lunar con pelo y todo.

Y pasan los años, algunas tienen hijos, otras no, algunas se casan, otras no, pero seguimos conviviendo con el espejo y con esos ojos que nos devuelven la imagen irremediable que tenemos frente a él: nosotras mismas. Y aunque a veces quisieras pincharte los ojos con los alfileres del costurero, al mejor estilo Edipo, hay que mirarse, porque tenemos que lavarnos los dientes, maquillarnos, peinarnos, refrescarnos la cara para no salir con los ojos todos pegados de las lagañas, o sea, armarnos la máscara social y afrontar la calle, a los otros espejos que nos devolverán cientos de imágenes tan disímiles de nosotras mismas, como son los millones de mujeres que nos habitan.

Y en la adultez, una tiende a repetir una frase que nunca quisimos oír de nuestros labios “al final me estoy pareciendo a mi mamá más de lo que yo quisiera”. En conductas, en modos, en preceptos, en formas de engordar, en formas de cocinar, en fobias, en costumbres, en ritos, en la manera en que las arrugas nos van copando el rostro. Cada vez más nos parecemos a nuestras madres, somos el espejo que nos mira pero ya sin piedad, si no con resignación.

El domingo pasé toda la tarde con mamá, vimos una película sobre la vida de Marilyn Monroe, las dos juntas en casa. Ella siempre elogió la época dorada de Hollywood, me crié viendo la tele con películas que daban por cable sobre la Monroe, Fred Astaire, Gene Kelly, Ginger Rogers, Barbra Streisand, y todas las estrellas de aquél entonces, mientras mamá lavaba la ropa, iba de acá para allá, yo quedaba anonadada frente a la pantalla, sin poder creer cómo esas personas podían ser tan geniales, y tan humanas como yo, mi mamá siempre acotaba alguna anécdota, se sabía de pe a pa la historia de sus ídolos, porque los amaba y admiraba, porque eran talentosos, verdaderos artistas del cine. Inconscientemente yo quise ser como ellos, y ahora de grande lo entiendo, era para que mi mamá me admire como a ellos, para que me observe con esos ojos de soñadora, brillantes como el Puloy que usaba para el inodoro. Muchos años después, un domingo, vemos la película sobre Marilyn, su ídola más renombrada, ella siempre critica a todas las que la personificaron y personificarán, nadie puede llegarle a los talones, porque ella era más femenina y cantaba mejor, y tenía más curvas, era única y como todas las divas, era inmejorable, casi irreal y eternamente joven porque se fue de joven, en la cumbre de su carrera y belleza. Pero Marilyn también tenía sus mambos, sus grietas, era muy cambiante, complicada, aniñada, inmadura, proveniente de una familia disfuncional (como yo, como todos) con padre muerto y madre chiflada. O sea, hay un costado morboso mío que se regocija en conocer que la Marilyn encantadora, perfecta, estereotipo de mujer rubia idílica que solo bastaba con sonreír a cámara y guiñar un ojo para que todos se enamoraran de ella, (hasta mi mamá) también era una mujer faltosa, con poca autoestima que necesitaba todo el tiempo enamorar, alucinar a todos: espectadores, productores, equipo, amistades, hombres, porque había sido abandonada toda su vida. Necesitaba que la quieran, que la admiren, que la amen.

Mi mamá y yo, miramos la pantalla, a ese mito curvilíneo, a esa estrella, que ha quedado inmortalizada en la mente de todos, en el subconsciente colectivo, en los fetiches, en los paradigmas de hombres y mujeres, protagonistas del espectáculo y simples espectadores. Miro a mi mamá, puedo adivinar en sus arrugas, en sus grietas, en su mirada cansina, todo eso que no dice pero que la construye, me construye. Me dice que otras actrices hacían mejor de Marilyn, que a esta algo le faltaba. Después me agradece por la tarde, por el café y las facturas, y que el pelo me queda mejor así, que se me notan más los reflejitos.

Una alegría absurda y repentina me invade, no puedo evitar que me importe lo que opina mi mamá de mí, aunque tenga 33 años, que el espejo de sus ojos me mire bien, que me apruebe. Ya en la vereda, le doy un beso, “gracias por hacerme compañía, le digo” No, “al contrario, me responde”, “al contrario, le retruco”. Nos miramos, por unos instantes escuchamos o imaginamos escuchar a lo lejos una música triunfal, como de final feliz, títulos y aplausos. La miro como si fuera una estrella, me mira como si fuera una estrella, nos miramos, mamá y yo, y en la vereda de enfrente, una mujer muy blonda y de rulitos, parece que nos observa y sonríe, con esa sonrisa capaz de enamorar a todos, incluso a mi mamá.



MARCIA LO FEUDO

 

 

TE PARECE INTERESANTE? DEJANOS TUS COMENTARIOS

Código de seguridad
Refescar