Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

 

CASTING: A PRUEBA Y ERROR, ERROR, ¡¡¡ERROR!!!
Cualquier cosa te llamamos …

 

Levanten la mano quién se ponía nervioso antes de que la señorita le tomara la lección en la primaria, o la prueba en la secundaria, y si era oral, peor, te sudaban las manos, se te olvidaba todo en el mismo momento en que la docente anunciaba “empiecen”, y en la actualidad seguro que te ponés nervioso cuando vas a dar un parcial, o un final o a defender una tesis o al entregar un informe en tu trabajo. Prueba, prueba, siempre estamos a prueba, como los perros de Pavlov, como los conejillos de india, como los sapos de panza abierta, como los hámsters encerrados en el laberinto ¡sin salida! o en la rueda cíclica de la vida que es redonda, circular, que no tiene principio ni final pero que rueda sin parar, mecánicamente, cruelmente.

Quién no se ha puesto paranoico en una entrevista laboral, te estudian hasta la forma de sentarte, de mirar, de contestar las preguntas, si dubitas, si te pasas la lengua por los labios, si tenés muletillas, tics, si movés mucho las manos, y la pregunta típica: ¿Tenés experiencia? Y aquí me sobreviene un ataque de ira: ¿cómo se supone que uno obtenga la experiencia requerida para un puesto si piden menores de 25 años? ¿Cómo una persona que egresó a los 18 años, que hizo una carrera ponele en 6 años, que se recibió a los 24 –con suerte- puede recaudar la experiencia para ocupar un puesto en una empresa? ¿Cómo la persona que nunca trabajó en su vida puede tener algún tipo de experiencia? Si no nos dan el trabajo, jamás podremos tener lo que se necesita: la experiencia… esto es como la cuestión del huevo y la gallina, más o menos…

Y para el actor, para la personita que dice “no sé hacer otra cosa más que actuar”, frase totalmente válida pero que te borra de un plumazo del mercado laboral, el día a día es una prueba, acostumbrados a pararse frente a multitudes (con mucha suerte) que te mira, te observa, te escucha, piensa –eso es lo peor, los pensamientos, porque los actores no podemos entrar al pensamiento genuino de la gente, qué se esconde mientras nos miran con una sonrisa, qué se oculta mientras nos dicen: “Te felicito”- ríe, acota, suspira, se para y se va, te aplaude pausadamente como matando mosquitos o con fervor. Nosotros somos los que nos ponemos bajo la lupa siempre, porque somos masoquistas, porque nos da placer esa adrenalina que –sin dudas- se convierte en una droga que una vez que probamos, jamás podremos abandonar. Sin el aplauso, sin el “mirá, mamá, sin manos”, nosotros nos sentimos muertos, secos, inútiles, necesitamos que nos miren una vez más, que nos presten absoluta atención y en silencio y con los celulares apagados y si se puede que se rían en las partes en que hay que reír y que lloren cuando hay que llorar y que aplaudan de pie, en lo posible, y que el aplauso no nos deje salir de escena, nos obligue a volver, reverencia, una y otra vez. Porque el actor es así: narcisista, inseguro, ególatra, pero sobre todas las cosas: faltoso: algo siempre nos falta y eso se llena con la mirada del otro, la aprobación, el amor (traducido en aplausos) del otro.

Casting, palabra que me da frío, son muchas las veces que los actores debemos demostrar que sabemos, que estudiamos, que aprendimos, que tenemos “eso” que hay que tener, que damos bien en cámara, que tenemos presencia escénica, o los dotes necesarios para triunfar, que podemos hacer reír, que podemos emocionar, que somos de lágrima fácil, pero naturalistas, nada de exagerar, la actuación justa, actuar como si se estuviera viviendo, no actuando, el look es importante, la parada, la mirada, la seguridad (quimérico en un artista) Yo suelo evitar los castings, porque he pasado por suficientes y en su mayoría no me siento muy cómoda, más bien me siento como un lechón con manzana en la boca a punto de ser devorado ¡vivo! Pero bueno, con esto de “la peor gestión es la que no se hace” fui al casting para la nueva revista de Carmen

Barbieri, buscaban cómicos, humoristas, Stand up. Ya sé, yo no soy cómica ni nada de eso: soy actriz, pero bueno, los actores tenemos que estar preparados para ponernos el vestuario, la máscara que nos pidan. Así que fui, 7 30 de la matina, en la puerta del teatro de Capital donde nos citaban, primera en la fila (la puerta se abría a las 11), viendo las marquesinas de la calle Corrientes, como una hormiguita que mira una porción de selva negra, sintiéndome tan absurda, tan recóndita, tan boluda. En la cola iban apareciendo personajotes, el imitador de Sandro de la tercera edad, Mariana –la ex de Cuestión de peso- Lizzy Tagliani (el travesti que hace stand up) Todos con sed de brillar, de ser, de parecer, de vivir de lo único que saben hacer: entretener al público. Formamos una alianza de espanto, de nudo en el estómago, de expectativa. Nos hacen pasar de a diez, yo tengo el número uno (soy la número uno por una vez en mi vida) Carmen Barbieri, Beto César y su troupe, pasaron a la platea del teatro, nos anuncian que ya nos tocaba y cuando ya estábamos por ingresar, hacen pasar a diez cómicos que tenían números disímiles, 34, 65, 88. Casi me muero, eran las 11 30 AM, a las 12 tenía la combi-carroza-zapallo para regresar a Luján y al kiosco donde trabajo, con cara de pollito mojado, le dije a uno de los del equipo que por favor, soy de Luján, pierdo la combi, no llego, por favor. “Voy a hablar con Carmen y vengo”. Me hicieron pasar, en la platea los cómicos acomodados que dijeron que eran profesionales (quiero verles el título) y la producción y la mismísima Carmen con todos sus dientes. Subo al escenario, silencio sepulcral, lo único que me preguntó Barbieri es “de dónde venís” Yo pensé que me hablaba de mi monólogo y le respondí “de ahí atrás” –señalando el foro- porque salía de ahí, “no, de dónde venís”, “ah, de Luján”. Tragame tierra, qué pava que soy, por Dios. “Dale que tenés dos minutos”. ¿Vieron que los nervios se traducen en la voz? Bueno, mi voz era como una oveja diciendo meee, hice más o menos 38 furcios, me olvidé la letra, hice pausas innecesarias y creo que uno se rió porque se estaba acordando de un chiste de Corona, no precisamente de mi actuación y lo peor: a los dos minutos exactos suena una chicharra espantosa, timbre de colegio, onda sirena, onda, te estás incendiando mamita y no me dejan seguir, hacer mi gran final, redondear: aplausos de compromiso, “gracias por venir” y chau, bajate nena, porque ahora siguen los que saben: los profesionales del humor. Vociferé para Carmen y sus súbditos “tenía un remate, igual” Nadie lo escuchó, una vez que me bajé, ya no era nadie, ya no interesaba, no existía, transparente, papel celofán.

Es como cuando te roban, que decís, por lo menos no me lastimaron, más o menos parecido, y bueno, por lo menos lo intenté, fui, no me quedé con la duda. Te da mucha frustración, bronca, ira, desilusión, tristeza, porque yo sé que soy mucho mejor que esa que se subió y que temblaba y se equivocaba y que tenía más ganas de llorar que de hacer reír, pero en dos minutos, entre gente que te observa como un bicho raro y desubicado, ¿cómo se puede? Ya sé, es como todo, cuestión de práctica, de entrenamiento (hasta hay cursos para ir a castings) Pero lo más frustrante es pensar que toda la vida esperás “la oportunidad” que te conozcan, que te descubran, y cuando estás ahí frente a la zanahoria, frente a tu sueño por cumplir: no lo sabés aprovechar, no podés. También es cierto que los que toman estas pruebas podrían ser un poquito más macanudos, tratarte como algo parecido a un ser humano y no a “dos minutos de mi vida perdidos” así uno se relajaría un poco y la situación se tornaría un tanto más amable.

Para terminar, comparto con ustedes un texto de David Ackert, que pinta a los artistas de pe a pa.

 

Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

 

 

 

 

 

 

Comentarios   

 
#1 stand-upramiro berger 12-08-2014 05:25
Hola soy ramiro de merlo hago humor y stand up tengo 35 y deseo una oportunidad!!! Besos y gracias