Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

LA ESCUELITA DEL HORROR

El pasado vuelve etiquetado…

 

Con esto de la Internet, la banda ancha y la conectividad full, esta red inconmensurable que hace que te reencuentres con seres deseados e indeseados, me etiquetaron unas compañeras del secundario, de la Normal, promoción 1996 (por favor, ¡qué viejos que estamos!), en una foto con toda la división, típica foto de grada, todos recién recibidos, bañados, la noche de egresados, producidos, con cara de mármol y tan raros. Tan lejanos, tan jóvenes y poco desarrollados en todo aspecto. En fin, me puse a ver los comentarios al pie, por lo general todos horrorizados por sus vestuarios, caras y posturas, alguno que otro nostálgico recordando viejas épocas y otro osado diciendo “ya pasaron más de quince años, tendríamos que juntarnos”.

 

Aquí hago un STOP, el sólo pronunciamiento de esta idea me heló la sangre, mi cuerpo se transformó en un palito de agua de limón agrio. ¿WHAT? ¿Juntarnos? ¿Para qué? En mi caso, no atesoro ningún amigo de esa época, no, mis amistades estaban fuera del curso, tengo que ser franca: odié la escuela siempre, desde el jardín, fui de esas nenas que se enfermaban todos los días para faltar, que lloraba en la puerta y hacía escándalos a grito desatado, mi hermana mayor tuvo que quedarse una semana en la recepción de la escuela primaria porque yo me angustiaba, me sentía sola y no me podía adaptar. Siempre me costó mucho crecer, dar pasos, lo nuevo siempre me espantó. La escuela era una cárcel o el servicio militar para mí. Y como hacía la mía, como iba a talleres varios de extra clase, teatro, taller literario, expresión corporal y siempre me sentí mejor con ese ambiente que con el escolar, era la típica cortada, traga, amarga. Porque en la secundaria las etiquetas son los lugares comunes, y encima con mis problemitas existenciales que acarreo desde los dos meses de vida aproximadamente, mi lentitud para madurar corporalmente hablando (era un coso alto, sin forma, sin gracia, sin una curva a la vista) Y sabemos que los pibes son crueles, no se guardan nada, hacen pasarla mal a los débiles, a los marginados. Me acuerdo de que cuando se eligieron a las candidatas para competir en el Baile de la Primavera (elegían a la más agraciada de la Normal), el voto era secreto, vos ponías el nombre en el papelito, se leía de a uno en voz alta, iban anotando a las elegidas en el pizarrón y una cruz al lado según los votos adquiridos. Cuando salió mi nombre se me encendió toda la cara, era una baliza viviente, obviamente todos me miraron burlones, ¿quién carajo fue el desubicado que votó a Marcia, ese ser amorfo y amargado? Quería que el pupitre me tragara para siempre al ver mi nombre entre las más curvilíneas de 5º 1ª B.O.D., entre las desarrolladas, que se hacían brushing para ir al colegio y hasta se daban cama solar, las muy perras. Y bueno, una vez en competencia, mi ilusión estúpida esperaba que alguien más se haya dignado a votarme, pero no, quedó mi nombre escrito en el pizarrón sin ninguna crucecita al lado, aplauso a la ganadora, la modelito tostada, y murmullo general: “Marcia se votó ella misma”. Me acuerdo que fui al recreo a darme sobredosis de palitos salados y se acercó Valeria, una compañera etiquetada como la traga buena, contenta a decirme “Yo te voté, para mí sos re linda” Creo que le dije gracias o estás re loca, lo que yo quería en ese momento es que sacara una solicitada en el diario para confesar que ella me había votado, no yo misma.

 

Es inevitable que florezcan estos pésimos souvenirs del tiempo pasado cuando miro esa foto añeja. ¿Juntarnos después de dieciséis años? ¿Para qué? Para medirnos, para comparar lo adquirido en todo este tiempo, tirarnos los títulos por la cara (yo, terciario), los logros, los éxitos, lo acumulado, las marcas de los autos que tenemos estacionados en la puerta (yo, bicicleta verde), la cantidad de hijos que hemos parido (en mi caso, menos diez), los puestos que ocupamos en empresas o emprendimientos (actriz que atiende el kiosco de su hermano), los ejemplares acompañantes de nuestra vida que concurrirán del brazo (mi brazo siempre está vacío, espacio libre para publicidad). Para contar anécdotas (vomito), para sacar el cuero a los que faltaron (o sea a mí), para decir cómo era el nombre de aquél profesor, te acordás la vez que nos pescaron fumando… Toda esa gilada que ya quedó evaporada entre el polvo de la tiza y el resonar del último timbre para salir de ese campo de concentración, timbre salvador, que siempre amé.

 

Además, ¿no les pasa a ustedes, que por más vida que hayamos vivido, experiencia, formación, seguridad, cuando nos encontramos con esa gente que nos hizo mal, que nos ninguneó, que nos hizo la vida imposible, volvemos a adquirir la misma postura, jugamos el rol de aquellos tiempos? Como si volviéramos a ese viejo papel, a ese mismo lugar de tortura e indefensión al cruzarnos con esa persona deplorable que hace tambalear nuestra confianza y autoestima una vez más.

 

Yo paso, ausente con aviso, no, gracias. Prefiero quedarme con el presente, con mis elecciones personales, con los amigos que el tiempo me dejó y que son de fierro, con lo que a mí me gusta hacer, con la libertad, con vivir la vida como un eterno recreo: estando con la gente que elijo estar, haciendo las cosas que elijo hacer sin sentirme todo el tiempo a prueba y bajo la lupa de seres que critican desde las sombras, con una crueldad e impunidad que les da la adolescencia, ese camino de dolor y descubrimiento que yo no quiero revivir ni por todo el oro del mundo.

 

MARCIA LO FEUDO

 

 

 

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