Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

MARCIA LO FEUDO EN TE LE FE

¿REALIDAD O FICCIÓN?


El prejuicio, según la Real Academia Española, significa: Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Según nuestra tan ponderada “Wikipedia”, el prejuicio (del lat. praejudicium, ‘juzgado de antemano’) es el proceso de formación de un concepto sobre alguna cosa de forma anticipada, es decir, antes de tiempo; implica la elaboración de un juicio u opinión acerca de una persona o situación antes de determinar la preponderancia de la evidencia, o la elaboración de un juicio sin antes tener ninguna experiencia directa o real.

Poniendo los significados sobre la mesa, ¿alguna vez sentiste que prejuzgaste a alguien? ¿Te sentiste prejuzgado? La pregunta más acertada sería ¿cuántas veces en el día? Es que el prejuicio en nuestra sociedad, en el 2012, está a la orden del día. ¿Será que vivimos enfrascados en nuestros pequeños micro universos cotidianos y todo aquello que sobra del frasquito nos molesta, vemos mal? ¿Será que estamos acostumbrándonos a armarnos de barreras contra todo, sitiándonos, aparcelando nuestras vidas para que no nos dañen los de afuera y a esos de afuera, por temor a aceptarlos, a que desequilibren nuestra pactada realidad, nuestro fingido orden, preferimos subestimarlos, denigrarlos, denostarlos, acribillarlos con nuestro ojo crítico?

Y hoy, la televisión, desfiladero múltiple de mundos, personalidades, enfoques, idiosincrasias, realidades, es el banquillo donde se sientan minuto a minuto carnes de cañón con diferentes vestiditos, pero todas observadas con lupa, a veces un poco sucia, otras con exagerado aumento. Es allí, en esa pantalla cuadrada, donde desde hace un par de semanas me muestro dentro del marco de un reality llamado “Quién quiere casarse con mi hijo”, por el canal de las pelotitas, TE LE FE, sábados a las 23,15. Marcia Lo Feudo, la que suscribe, actriz, escritora, Técnica Superior en Gestión Cultural, kiosquera, dramaturga, cronista, perteneciente al mundo de la cultura y del arte desde temprana edad. ¿Por qué exponerme así, bajo el dedo acusador de señoras de la casa que piensan que toda mujer que salga en la tele en un reality es prostituta? ¿Por qué aceptar pertenecer a un formato televisivo muy mal visto, de descarte, en donde todos los personajes que aparecen allí son vapuleados y encasillados al ambiente marginal de la tele y crucificados de por vida por el pueblo como “los que salieron de un reality”, por lo tanto: basura social, escaladores de la fama cueste lo que cueste, mujeres sin escrúpulos y con moretones en las rodillas? ¿Por qué firmar un contrato para este tipo de programa en donde un soltero con su madre selecciona la mujer para casarse, algo tan raro, que roza lo prostibulario, como si estas diez chicas se rebajaran a mostrar sus dotes, desplegar sus plumas reales para conquistar al macho cabrío y semental que finalmente las sirva, humillándose ante la mirada del hombre y de su madre, candidatas que pueden ser descartadas por visibles defectos o gustos personales, como en un casting crudo y ante millones de televidentes? ¿Por qué? Al principio no sabía muy bien por qué, de hecho no estaba nada convencida, pero algo inexplicable me impulsó a decir que sí, a mis treinta y tres años, no me llueven oportunidades para desempeñarme en el mundo artístico en cualquiera de sus formas, muy pocas veces fui elegida para desempeñarme como actriz o escritora (a nivel masivo y cobrando un sueldo), entonces, esta genuina necesidad de darme a conocer para,

por fin, poder trabajar de lo que me gusta y para lo que me he capacitado, me impulsó a firmar ese contrato y encaramarme a este mundo extraño y frívolo del reality. Demás está decir que la presión que se vive, la desorientación y adrenalina que se potencian durante las grabaciones son extremas. Nunca sabés qué estás haciendo, si estás bien rumbeada, si vas a quedar en ridículo, constantemente estás bajo la mirada de tus compañeros, los productores, los cámara, sonidistas, el potencial público, tu familia, amigos, tus ex parejas, y la peor, tu propia mirada.

En medio de todo este afán por no quedar embarrada ante tanta trivialidad, afuera de la bolsa en común donde suelen poner a todas, intenté hacer un personaje de mí misma, o sea, exacerbar ciertas cuestiones de mi personalidad, ponerme creativa, siendo totalmente consciente de que yo solita me acomodaba bajo la guillotina. Durante los tiempos muertos de las grabaciones escribí mucho, porque no me gusta que ninguna experiencia me pase por arriba, también me auto-guioné (muchas veces no pude usar nada de lo que escribí por esto de los tiempos cortos de la televisión) y traté de usar mis herramientas en pos de un espectáculo entretenido: mi faceta cómica, espontánea, sensible, romántica, dramática, ácida y mi rol de escritora (sin querer anticipar demasiado) Tratando de utilizar al medio y no que este me utilice a mí , que no me desangre a mí. Por supuesto, a veces, me encontré acorralada por la escasa sensibilidad y apertura de algunos compañeros, el acotado lugar y tiempo que te permitían y las directivas que lanzaban detrás de cámara y que tenías que cumplir cual nena buena por temor a ser echada o “auto eliminada” de repente. Y aquí me detengo: la palabra eliminar, borrar, sentencia, nominación, expulsión, palabras que están dentro del diccionario de todos estos realitys famosos, me hacen doler la panza. ¿Estamos preparados para este tipo de juicio? ¿De constante puesta en valor de nuestros potenciales, de si servimos para el show o no? ¿Si garpamos? ¿Si damos bien en cámara, si somos inteligentes, tontas, huecas, gatos, teñidas, con o sin celulitis, si somos operadas, si se nos nota, si tenemos estudios terciarios? ¿Si damos rating, si atraemos publicidad, inversores, si somos capaces de inflar los bolsillos a los programadores, los dueños de la verdad? Contra la pared, en la silla eléctrica, en medio del tablero de los dardos, siempre apuntada, vulnerable, en un constante y cruel juicio y prejuicio.

Y pasada la etapa de horneado del programa, llega la hora de la verdad: salir al aire, y aquí me detengo nuevamente: salir al aire, levitar, volar, pero sin colchoneta debajo, sin agua en la pileta, sin red, al aire, expuesta, sin cinturón de seguridad, sin piloto, sin pasaje de vuelta, ¡¡sin aire!! Y la reacción de la gente, de mi público, de mis conocidos, incrédulos: ¿eso está todo guionado, no? Críticos: parece una casa de citas. Jueces: ¿qué hacés vos ahí? Y curiosos, perversos, hipócritas, los famosos fanáticos del show que critican a esas que salen ahí, putitas, fáciles, degeneradas, porque en realidad, quieren estar ahí y elegirse un nuevo marido, son las mismas que odian a Tinelli pero no se lo pierden ni una noche y están informadísimas de todo. Es ese público el que da rating a estos programas, y el que alimenta el qué dirán, la opinión pública que acusa y consume. Esta gente es la que prejuzga, “todas son gatos” “todo está armado” “los pibes son unos nabos bárbaros” “es re trucho” “si estás en un programa así sos hueca, analfabeta, fácil, no servís, no sos seria”. Siempre me consideré controversial, mi manera de escribir, el teatro que elijo hacer, nada de lo que hago es convencional, porque uno de mis afanes en esta vida es trascender, no irme de este mundo como una más, no ser invisible, objetivo de cualquier artista. Es bien sabido que no me gano la vida con mi arte, si no atendiendo un kiosco, trabajo digno como todos (incluso el de la televisión) Por eso es que cualquier oportunidad que se me presenta la agarro con todos los dedos, con la esperanza de que sea un impulso para poder demostrar mi talento. Por otro lado, me divierte mucho, encontrarme con opiniones tan variadas, personas que se entretienen con lo que hago, señoras de peluca con naftalina que se horrorizan con lo que hago, hombres que me miran con otros ojos, gente que no lo puede creer, pero sea lo que sea, mi intervención en ese mundo de plástico no pasa desapercibida. (¿Objetivo cumplido? ¿Si ladran, Sancho, es señal que cabalgamos?)

Por último, este reality también habla del amor, un amor edulcorado, condicionado, frivolizado, pero amor al fin, ¿no hay diversas maneras de encontrar al hombre de tus sueños? ¿Y por qué no encontrarlo grabando un programa de televisión? En una primera instancia, fui con esa puertita abierta, “¿por qué no?” Es que a veces es interesante ser permeable y preguntarse “¿por qué no?” ¿Por qué no puede haber una mujer de carne y hueso, con defectos y virtudes, una chica común, una artista, una chica de pueblo, trabajadora, por qué no puede protagonizar un reality en un canal abierto? Démosle lugar al “y”, a los puntos suspensivos, a los finales abiertos, sumemos, no restemos. Y abramos un poco la mente, saquémosla a ventilar, a descongelar y empecemos a mirar nuestras propias vidas, juzguemos también nuestras acciones antes de mirar al otro, o al menos ¡tratemos! Y antes de prejuzgar contemos hasta 100 ¡Gracias!

MARCIA LO FEUDO

 

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