Ramón de los Picapiedras

Volver a jugar a los avioncitos

 

    Tiene las manos tomadas, tomadas por ideas, por sensaciones, por maravillas. Sus manos comunican, abren, iluminan, porque son manos puestas para el asombro, para la vida y para la creación.

    De padre carpintero y de madre ama de casa, Hueso -que en realidad se llama Jorge Alberto Ricciardulli-, nació el 5 de marzo de 1959 en Luján. A los seis años comenzó su formación estimulado seguramente por la influencia de un tío pintor. Si bien este taller era medio pobre académicamente, le sirvió para plasmar e ir adoptando el oficio. De los 9 a los 12 años, concurrió a otro taller. En la escuela era el encargado de entretener a sus compañeros, dibujando con humor las diferentes situaciones escolares y profesores de turno.

    “La primera vez que cobré por un trabajo fue a los 12 años, una vecina me pidió una serie de seis personajes de Walt Disney para –a través de una técnica con telgopor- ir adornando la pared con estas figuras para la habitación de su bebé recién nacido”.

    A sus 18 años, Hueso tuvo que hacer el servicio militar en la Cordillera, durante todo un año. “Fue una basura, sufrí mucho, los momentos más lindos fueron disfrutar del paisaje, padecés un desarraigo de prepo”.

    Una vez que volvió del servicio militar, hizo un curso de Orientación Vocacional porque no tenía mucha idea de qué hacer con su vida. “Me salió heladero porque de chiquito me gustaba mucho el helado”. Sin dudas, está tomándole el pelo a la entrevistadora, que cae tarde en el chiste, pero nos cuenta que a los 12 años, salía por la Rivera con la heladera-mochila pesadísima colgada en su hombro vendiendo helados, confiesa que no duró mucho, y que no podía comer toda la mercadería que hubiera querido porque se la cobraban, así que abandonó la profesión tempranamente, por suerte, porque hubiera sido un desperdicio tremendo que un artista como Hueso se dedicara al rubro de la heladería.

    “Hubo algunos intentos para estudiar arquitectura, diseño gráfico, hasta Biología pero fueron intentos fallidos de un par de meses y nada más, lo que yo quería era otra cosa”.

    Luego participó como dibujante en una empresa de publicidad, sólo estuvo un par de meses porque luego decidió acompañar a un amigo que no conocía la nieve viajando a dedo y de mochileros.

    Trabajó mucho tiempo ilustrando para La Serenísima, eran dibujos de tipo humorísticos, que ellos lo utilizaban para difundir y bajar línea a la vez para el departamento de los productores de asistencia técnica que luego se hacía circular por todos los campos.   

    A los 20 años y con el dinero que le otorgaba el trabajo de La Serenísima, Hueso se va de su casa a vivir “en comunidad” con unos amigos. “Alquilamos una casa, estábamos todos con los pelos largos y los pantalones bombillas, allá por el 81, viviendo la bohemia del taller, gracias a la plata de La Serenísima, a veces me ayudaban los amigos para entregar los trabajos, laburábamos toda la noche y después estábamos felices porque en ocho horas habíamos sacado una buena guita” “Los 4 ó 5 que convivíamos estudiábamos en la escuela de arte y paralelamente trabajábamos pintando, cada uno tenía un sector de la casa, y mirábamos las cosas que iba haciendo el otro, compartíamos nuestras miradas, criticábamos, sugeríamos, nos íbamos alimentando mutuamente, todo muy hippie, el lugar era búnker, iban a parar todas las novias, amigos, profesores, esto duró más o menos 5 años”.

    A los 25 se casó con María Alejandra y fue formando esta familia que tiene hoy con cinco hijos: Lucio, Lino, Oliverio, Rosaura y Clara.

    “Vender cuadros no es criar pollos, porque los pollos hay que comerlos, pero los cuadros es más limitado el consumo y sumado que el consumo para algunos artistas está medio enrollado, por un lado es trabajo, es el oficio, requiere tiempo, investigación, producción, pero por el otro lado, también puede ser un embole que uno tenga que trabajar para vivir, el trabajo redituable arruina muchas cosas, tenés que vender, comprar, consumir, todos los desastres que conllevó el consumo, por eso que uno tenga que producir algo que tendría que surgir de una manera apasionada es difícil, tenés que encontrarle la vuelta porque si no tenés que dedicarte a otra cosa”.

    Hueso es una maraña de ideas, un desfile de pensamientos que van cristalizando su mirada, su voz es como el mar, va subiendo, va bajando, tratando de encontrar los fonemas que acompañen su atribulado sistema de razón, pasión y magia, porque como todos los artistas, Ricciardulli es en el hacer, está plasmado en sus obras, en sus lienzos.

    “Es la famosa comercialización de tu esfuerzo, a mí no me interesa utilizar un 50% de mi laburo en la gestión, para vender. Yo escucho tipos muy famosos que te dicen que la historia del artista es 50 producción y 50 gestión. Porque lo que te da éxito es la venta, si no vendés no sos exitoso en el mercado. Hay mecanismos que se utilizan para la venta de un producto que son parecidos a cualquiera, entonces vos podés vender Coca Cola y se la vendés como que sos el artista más exótico, vanguardista”.

    Su discurso es una piedrita tirada al río, va generando ondas, resonancias, vibraciones, porque todo en él es reflexión, introspección, una búsqueda genuina y primitiva. “Uno sueña con cosas más primitivas, a mí me gustaría ponerme a pintar cuando realmente se me canta, estoy aburrido, paso por una piedra y la rayo, es como cuando uno era chico y jugaba, hay veces que tenías ganas de jugar y a veces no, entonces hay veces que estás re motivado, hay algo que va por dentro que te dice vamos a jugar a los avioncitos, ese motor que te lleva a jugar no dura ocho horas. En cambio, los artistas tenemos que laburar ocho horas para que la inspiración nos agarre trabajando y esto te lo dice Picasso y todo el mundo, y es verdad, yo lo he comprobado, pero esta técnica genera ¿qué? ¿correr hacia dónde? ¿hacia la muerte? Yo prefiero irme a dibujar en las piedras. Me gusta esa cosa más utópica”.

    Con la curiosidad y el hambre de expresión y de abrir nuevos horizontes que tiene Hueso, incorporó a sus conocimientos teoría y práctica sobre el estudio de la Creatividad, implementándolo en su trabajo como artista pero también en todos los ámbitos de la vida. “Siempre me motivó el construir algo con lo que uno tiene, desde el juego, hacerte tus propias películas jugando a los soldaditos, resignificar objetos y resolver lateralmente con otro tipo de elementos una producción. Yo voy juntando en la calle objetos, los junto en una caja y no sé para qué me van a servir después. En creatividad se llama provocación operativa: vos activás tus posibilidades de originalidad, invención a través de cierta limitación, condicionar el pensamiento para que geste otra cosa, lo lateral. Sería como estar con los ojos abiertos pintando pero actuar como si estuviesen cerrados, dejando de lado el tamiz de la percepción visual”.

    Pinta tu aldea y serás universal, dice Omar Chagall. Le preguntamos a Hueso por esta afirmación, porque en muchas de sus creaciones, está plasmada la influencia de la ciudad de Luján, lo religioso, lo tradicional. “Es el vientre en donde uno va creciendo y tiene ese apego, arraigo o busca su identidad en uno mismo y en su cuarto, en su casa, en su cuadra, en su pueblo, en su país y en el mundo. Después todo se globalizó y esa idea se volvió un poco añeja. Antes vos veías un impresionista y sabías que era cercano a Francia, o el realismo italiano o Berni con Juanito Laguna y Ramona, y podías distinguir lo social que lo caracterizaba. También me acuerdo de que un profesor me dijo que tenía que pintar más de lo devocional de la Virgen y desde lo histórico de Luján. Entonces me gustó indagar en lo devocional en cuanto a lo mágico del pensamiento primitivo en cuanto a estadío de evolución. Marx decía que ciertos estados en el arte se logran en un nivel muy primitivo de su desarrollo, un niño de 4 años que dibuja a su madre está menos contaminado que uno de 20. A mí me interesa lo folclórico de la historia de Luján, el milagro de la Virgen, poder jugar con eso y con las metáforas que andan alrededor”.

    Actualmente, Ricciardulli es el Director del Museo de Bellas Artes de Luján, además da clases de Morfología y Creatividad en el Instituto Mignone y en la Escuela de Arte de Areco, ilustra cuentos para la revista Orsai, expone en diferentes lugares, por ejemplo, en San Antonio de Areco, y también en el exterior, como es el espacio Om de Bruselas.

    “Mi proyecto es encontrar la forma para pasar más tiempo pensando en la creación, en la imagen, pasar más tiempo en esas cosas que no sirven para nada en el lenguaje del sistema, que tienen que ver más con el juego puro”.

    También incursionó en el teatro como experimento, porque lo sedujo la idea de improvisar, y además es músico amateur, toca la guitarra y canta en las reuniones de amigos y toca la quena en su taller, porque a veces la música convoca a las musas.

    Mientras su soplido llena el espacio de acordes que se cuelan por la quena, sus ojos se despegan de esta tierra, sus manos acarician el espacio que no es espacio ni tiempo ni líneas, es un lugar elegido, un rincón en donde todo vale, una cajita atiborrada de objetos que en apariencia son desechos, pero que para la mirada de un niño y de un artista, pueden llegar a formar parte de un nuevo mundo, un mundo de color, arte y libertad.

  

 


TEXTOS: MARCIA LO FEUDO  - FOTOGRAFIAS: LORUHAMA TERUYA ROSSI


 

Comentarios   

 
#2 FOTOceleste M . L. 09-05-2013 18:40
UN ACTIVO, HUMILDE, CERCANO ARTISTA PLÁSTICO CON PERTENENCIA Y RAÍCES
 
 
#1 FOTOceleste M . L. 09-05-2013 18:37
:-)
 

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