Ramón de los Picapiedras

Cómo era vivir…cuando vivíamos


    Hay seres que podrían ser de tinta, un garabato sobre algún papel sin enumerar, personas que hacen de la palabra el plato principal, personas que han vivido mil vidas y visitado mil mundos a través del universo infinito de la literatura.

    Cristina de la Plaza nació un 11 de octubre y por razones de coquetería no quiere develar su edad. Y no hace falta, Cristina de la Plaza, es eterna, porque vive en sus letras, en cada rincón de sus libros, en el perfume que el tiempo va dando a las páginas, en el color ocre del papel que va llenándose de vida y de historias, así es Cristina, está viva, eternamente viva.

    Hija de padres marplatenses, nieta del Fundador de la ciudad de Miramar. Una vez casado, su padre, el doctor Samuel de la Plaza, se vino para Carlos Keen. Cuando habla de su papá, a la profesora De La Plaza, se le hincha el pecho y se le acaramela la mirada, no hay dudas de que lo quiso y lo admiró profundamente. En el año 27 se mudaron a Luján y de ahí Cristina jamás se movió, Luján es su ciudad elegida por sobre todas.

    Entre anécdotas y recuerdos, Cristina nos comenta que se dio el gusto de publicar una novela que había escrito su padre y que él no había podido publicar en vida. “Papá empezó a escribir la novela a los 19 años, escribía a máquina, de un solo lado de la hoja, y cuando terminaba corregía las partes en blanco y volvía a corregir, debe haber hecho 18 copias porque nunca se conformaba, tenía el plan para hacerlo película y un montón de nombres posibles, yo elegí el último que él había pensado: Margara Robles. Entonces, después de mi segundo libro, escribí una carta a la Asociación Médica para que le publicaran su novela en homenaje a su obra como doctor y yo misma la corregí. Le cumplí el sueño a mi padre y eso me llena de orgullo”.

    Profesora de Literatura, Latín y Lengua, en este momento se encuentra realizando el Doctorado, incansable, ávida de seguir acumulando conocimientos y saberes, esos saberes compartidos con miles de jóvenes durante cincuenta años de carrera en la docencia.

    Su madre, María, era Profesora de Literatura recibida en el año 1925, la única de sus hermanos que continuó los estudios, aunque jamás ejerció debido a su ardua dedicación a la familia, a las mudanzas y a sus cuatro hijos. Su tercera hija había nacido con la ausencia de la glándula tiroides, por lo cual habían decidido no tener más hijos. Diez años más tarde, nace Cristina. “Yo nací de causalidad, yo soy una ataque de reuma de mi mamá, en un viaje a Mar del Plata, mi mamá decía que tenía un ataque de reuma, cuando el médico la revisó, le aseguró que dentro de ocho meses iba a estar gritando, ellos dudaron en tenerme porque cómo iban a hacer para cuidar a mi hermana, pero como justo en ese momento se produjeron cinco muertes alrededor de la familia, mis padres, cansados de tanta muerte, decidieron tenerme”.

    Y nació la pequeña Cristina, que con su luz y curiosidad, trajo vida a la vida, abriendo mundos sobre el mundo.

    “A mis 17 años, Nelly Deveaux, que me hacía hacer diferentes pruebas porque estaba estudiando Psicología, ante mi pedido de que me dijera algo, me largó: yo te voy a dar un consejo, andate a jugar con las muñecas, yo nunca jugué con muñecas, yo elegía los libros, no era una nenita más que jugaba a las visitas”.

    Confiesa que nunca fue una alumna modelo, y que la profesora de gimnasia la eximía de hacer los ejercicios y le decía “dejá, Cristina, andá a leer un libro”.
    A los 12 años, al haberse enamorado de un amor frustrado empieza a escribir los primeros versos y alrededor de los 15 años, con el primer noviecito, al descubrir que cuando la dejaba en su casa, él se iba a bailar al Club Colón, comienza a escribirle cartas de cuatro hojas volcándole todo su amor herido. Y desde ese momento, con la tinta hundida en el sufrimiento, como todo escritor que hace catarsis, que cura así su padecer transformándolo en belleza, Cristina Beatriz de La Plaza nunca dejó de escribir.

    “Yo siento que mi destino es la soledad, sin darle carácter de espanto, yo soy una mujer que vive sola, me casé mayor y al año murió mi marido de cáncer, no tuve hijos, aunque tengo muchos sobrinos, y mis hijos de papel son mis tres libros: Cumplida soledad, Luján, las raíces de mi voz y el que le publiqué a papá, además, tengo dos por publicar, uno con temática infantil y el otro sobre Eva Perón”.

    Cristina también se subió a las tablas, durante mucho tiempo fue figura importantísima del teatro en la ciudad de Luján, de la Comedia Municipal, obteniendo premios y distinciones por su labor y siendo recordada siempre por su talento natural y buen decir.
    “El teatro me permitió abrirme porque yo era muy cerrada. Gerardo Amado me llamó para el Club de teatro y con la llegada de Chola Prince, ya hicimos taller, con gente que nos enseñó a respirar, etcétera, el teatro me dio muchas satisfacciones. La última obra que hice fue Los viejos que supimos conseguir en el teatro El Zaguán con Haydée Rey y dirección de Ramiro Fernández, una experiencia que me maravilló”.

    Compositora musical, profesora de piano y pianista, amante del buen cine y de viajar por el mundo, coleccionista de monedas antiguas, consumidora de Internet, se deleita con la música, fanática jugadora de los Sims.
    Jubilada recientemente de la docencia, la escritora no para, a parte de cursar para el Doctorado, se encuentra dando un taller de Cuento y Novela en su casa.

    Conocedora de varios países del mundo, y habiendo tenido la oportunidad de vivir en España y ejercer la docencia, la profe de La Plaza, eligió permanecer en Luján por sentir las raíces. “Algo nos hace permanecer aquí, vivir y morir aquí, es la elección de la mayoría de mi familia, y yo también lo elijo”.

    Rodeada de murmullos de páginas, acompañada por autores que la cobijan, Borges, Sábato, Cortázar, Delibes, Bradbury, Baroja, Dostoievski, Benedetti, Hernández, Machado, Saramago, García Lorca, Allende, Orozco, Cristina nos afirma que “los que no leen se pierden de todo, pierden el contacto con un mundo fantástico, podés estar sentada en cualquier parte y transportarte a mundos impensados”.

    “Cómo era vivir cuando vivíamos/ cuándo fue que enterraron nuestras calles/ y asesinaron todos los triciclos y le pusieron rejas a la vida/ cuándo fue (no lo recuerdo) hace tanto/ las palomas también se nos murieron a algunas las mataron/  y dan miedo el teléfono las sombras de la calle te atropellan/ y a veces te morís (otras te matan) porque sí nada más/ y la patria la tierra en que nacimos/ la ciudad donde amamoshablamostrabajamos/va guardando esos huecos/macilentossecospálidostristes/huesos/de gente que perdimos/no sabemos en verdad no lo sabemos/cómo era vivir/ cuándo vivíamos”

    Nos lee una parte de su poesía, ganadora del primer premio de la Asociación Educadores jubilados y retirados de la provincia de Buenos Aires, como tantos otros que ha adquirido a lo largo de su vasta trayectoria, eso importa claro, pero más importa su voz, que nos lee su interior, su mundo subterráneo, su riqueza, su belleza, su mirada sobre todas las cosas, con ese don que nace desde algún lugar, tal vez desde la tierra, tal vez desde más allá, un don que se disfrutará y que se atesorará para siempre.

  

 


TEXTOS: MARCIA LO FEUDO  - FOTOGRAFIAS: LORUHAMA TERUYA ROSSI


 

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