Ramón de los Picapiedras

Genio y Figura de carne y hueso


    La tradición la amasa la gente, la costumbre, el uso. En una ciudad como Luján, en donde todos se conocen, donde el boca a boca corre más rápido que un Fórmula uno, la bendición de un local, el testeo de producto, la “fama” de la calidad de un comercio, está en manos de la opinión de los vecinos.

Y fueron esos vecinos, abuelos, padres, hijos, nietos, quienes posicionaron a “Ramón” como la marca de excelencia en hamburguesas, si decís Ramón, te imaginás un suculento sándwich de carne a la plancha chorreando sabor, el mejor acompañamiento, el mejor momento. Porque “Los Picapiedras” asegura un buen momento gastronómico de comida al paso, pero esos instantes que –aunque breves- quedan prendidos de vida, de risas, de pancita llena y corazón extasiado.

    El 14 de enero de 1964 abrió sus puertas este palacio de la hamburguesa de la mano de Pepe Lureiro y Martinelli, luego transferido a Lito Calandrelli y más tarde a Roberto Bruno. El 11 de septiembre de 1978 tomaron posesión del local los actuales dueños: Miguel Angel Cabrera y Ramón Burgueño. El 1º de noviembre abrieron el negocio, y desde ese momento, Ramón estuvo en su banqueta típica, en la caja, con su gorro, delantal y con un gesto serio pero de buena gente. Al mando de un barco que funciona a carne vacuna y a olorcito de lo bueno conocido.

    Ramón nos cuenta que anteriormente a él los Picapiedras habría las 24 horas, pero una vez que ellos fueron dueños, las puertas permanecieron abiertas desde que se pone el sol hasta que amanece, trabajando con el público antes de salir a bailar y después de bailar.  “Antiguamente, los chicos que iban a la Matiné al Centro Español o al Quijote –el Bangladesh de ahora- venían a comer después de bailar tipo medianoche, entonces los padres los venían a buscar por acá porque eran chicos conocidos, los padres nos tenían como punto de referencia. Siempre los chicos marcan tendencia, ellos deciden si les gusta o no les gusta el lugar. Pero siempre antes y/o después de bailar es típico que los chicos vinieran a comerse una hamburguesa. Había pibes que no les gustaba bailar y pasaban la noche acá”.

    Ramón tiene su Ramón Móvil, un auto ploteado con dibujos de los Picapiedras y auspiciantes, muy colorido y pintoresco, siempre estacionado en la puerta del local, en Mitre 295, utilizado desde hace diez años para hacer envíos a domicilio, de tal tarea se encargan sus hijos. “Mi familia nació acá dentro y todos me acompañaron, y si yo he cambiado un poco la tónica del negocio es porque mis hijas están grandes, son todas profesionales, todas estudiaron y lo que tienen lo tienen de acá, de los Picapiedras, mis hijos siempre me ayudaron, es un negocio familiar y un sostén importante”. Se le llena la boca de orgullo y los ojos de regocijo de tarea cumplida, trabajo y más trabajo.

     “Este negocio tiene doce horas de trabajo en atención al público pero antes de abrir tenemos cinco o seis horas de laburo a puertas cerradas, porque esto se tiene que abastecer continuamente, verdura, fiambres, carne, aderezos, bebidas, todos son distintos proveedores, nosotros somos clientes directos de las multinacionales, unos de los número uno en el mercado caliente de Paty, y estamos reconocidos a nivel nacional como una marca de años”.

    Y como hablamos de marcas, de mercado, de multinacionales, hablamos de McDonald´s, todos sabemos que esta casa de comidas rápidas es el símbolo de la globalización, de la comida en serie, de la despersonalización de un producto, de la masividad, nada tiene de regional, del gustito de pueblo, de la marca de lo nuestro.

    “Cuando llegó McDonald´s a Luján, parecía que se comía el mundo crudo, entonces nosotros tuvimos que hacer mucha propaganda, pusimos hincapié en la promoción y por eso nos seguimos manteniendo y no nos afectó en nada. Si McDonald´s trabaja ahora es porque yo aflojé por la edad, porque mis hijas estudian y no me pueden ayudar como antes. Pero ahora va a tomar la posta mi hijo varón y le vamos a seguir haciendo frente”. “Hay familias que van allá para comprarle la cajita feliz al nene y después vienen acá a comer la hamburguesa porque le gusta más el gusto de esta, pero yo los echo como perros, eso no se hace, porque nosotros somos marca registrada, yo eso lo hago valer”.

    “La vida tiene una escalera, usted a los 40 sube corriendo la escalera, a los 50 la sube al trote y a los 60 gasta paso por paso, yo estoy pasando los 65 y estoy en el peldaño de la escalera de la vida que me corresponde, ni más ni menos”. Porque la vida es una escalera caracol, ascendente, y en ese tramo en que se encuentra muy cómodo Ramón, los pasos se dan seguro, con disfrute y con mucha sabiduría, es la filosofía del zapato gastado, de las manos ásperas, del sudor detrás del delantal.

    “Es muy difícil mantener un negocio tras las generaciones familiares, en Luján hay tres o cuatro negocios que vienen aguantando tirados de los dientes, el que más aguanta es el de la familia Luca que tiene 120 años, después está la casa Freire,  y nosotros, que ya formamos parte de una tradición lujanense”.

    Ahora hablamos de números, porque para todo comerciante es muy importante, y lo primero que le salta a la boca es “está muerto, dieciocho Patys completos”. Yo en realidad le quería preguntar otra estadística, pero él se ríe contando la anécdota: “Mario Marino tuvo el récord de comerse 18 Patys completos”. Lo cuenta con picardía y asombro. Y el récord de venta fue de 75 cajas la semana, a 72 hamburguesas por caja, 5400 Patys vendidas, promedio de 771 hamburguesas por día que seguramente habrá sido la vez que vino el Papa a Luján que fue todo un acontecimiento.

    “Hay gente que me dice que le gustan mis hamburguesas porque siempre tienen el mismo gusto, siempre te salen igual, me aseguran. Es que desde hace 34 años yo me manejo con los mismos proveedores, con primeras marcas, esas son las claves del éxito de mi negocio, a parte de la limpieza, de mantener los equipos de frío permanentemente, sin perder nunca la cadena de frío. Los empleados nuevos se van adaptando a mi sistema, porque hacemos todo igual, esto funciona casi como un reloj, el secreto sería mantener siempre el mismo estilo, ser fiel a la idea”. “Cuanto más congelado está el Paty más rico sale” nos muestra Ramón con orgullo de padre el freezer lleno de hamburguesas embaladas esperando salir al mundo de la degustación.

    Ubicado estratégicamente entre la Basílica y el Teatro Municipal Trinidad Guevara, Ramón recuerda que ya desde los años sesenta, todos los artistas, representantes, productores, técnicos han pasado por el bar, antes de la función y después de la función a deleitarse con un sabroso sándwich y todos pagan, no hay favoritismos. “Jorge Corona cuando venía a hacer un show a Bwana se sentaba siempre en el mismo lugar y era un espectáculo, la gente se moría de la risa, iba a hacer la función y me gastaba, hablaba de mí, después volvía a comerse un Paty siempre, antes y después del show, casi como un ritual”. “También a veces pasa Luciano Pereyra por la puerta para gritarme algo cuando gana Boca, para cargarme”.

    “Yo si no estuviera cómodo, estaría en mi casa, disfruto mucho el trabajo, a mí en el negocio se me pasa el resfrío, la gripe, todo. Hace cuatro meses que me jubilé y sigo acá, andando, soy hincha de River a muerte, pero también me encanta el automovilismo, más que el fútbol, a mi hijo lo inicié en la vocación del karting”.

    Nos cuenta que también le gusta viajar, pero sobre todo es  muy fierrero, a veces va a 200 por hora en su auto.
    También suele ir a las instituciones de chicos con capacidades especiales porque los chicos lo reclaman, lo quieren, también a los asilos de ancianos. Dedicado también a hacer obras de bien, poder dar a los otros. “Yo si me sacara un bingo o un billete, lo repartiría todo, trataría de hacer el Hospital de Luján todo nuevo, devolverle a la comunidad algo de lo que me dio a mí”.

    “Cuando ya no esté me gustaría que me recuerden lo mejor posible, yo siempre busco mantener una tradición, una calidad, un sistema, me gustaría que siga andando ese sistema”.

    Algunos le dicen mano de piedra, porque parece severo, frío, calculador, “la ley es la ley” y él parece ser el sargento de la hamburguesa, porque lo que busca es mantener la calidad y la buena atención siempre, sobre todo.

    “A todos los lugares donde yo voy llevo la calcomanía de los Picapiedras y la virgencita de Luján, yo soy lujanense a muerte, nunca dejo de decir que soy de Luján y del barrio El Quinto, con mucho orgullo”.  

    El 19 de mayo de 1947 nació Ramón.  A los diez años ya estaba Ramoncito en el cementerio lustrando zapatos con su banquito pequeño. Aprendiendo el oficio y el gusto por el trabajo, ganándose la vida. Nos cuenta que le regaló un banquito a su nieto, para contagiarle esa tradición, para que desde pequeño conozca lo que es ganarse el pan con sus manos, como él, que con respeto, rigor y calidad, se mantiene firme en su banqueta alta, porque Ramón se traduce en el sándwich, en el olorcito a rico, en el ruidito de la carne crujiente, el queso derretido y los mil sabores que bailan en la boca, vendedor de sensaciones y costumbres, marca registrada para todos los vecinos de Luján.
   

 


TEXTOS: MARCIA LO FEUDO  - FOTOGRAFIAS: LORUHAMA TERUYA ROSSI


 

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