Origen de la Restauración

El 13 de Junio del 2000 cayó la cruz de una de las torres de la Basílica de Luján de una altura de 106 metros. "La cruz quedó clavada en la esquina de una escalera, en el patio de la izquierda. La punta quedó enterrada a casi medio metro. Milagrosamente no tocó la estructura del edificio. Sólo golpeó en una baranda y cayó sin dañar la torre", contó el padre Carlos Pucheta, entonces rector de la Basílica.

Podría decirse que ocurrió un milagro. El sector sobre el cual se desplomó es transitado por cientos de personas durante los fines de semana. Pero aquel martes, cuando se produjo la caída, era casi medianoche y no había nadie en el lugar. Cada cruz pesa 1.700 kilos, mide seis metros de alto y está encastrada con una estructura férrea de tres metros por dentro de las torres. Pero el tiempo y el óxido carcomieron de a poco la estructura de hierro. Eso, sumado al viento fuerte que soplaba esa noche, provocó la caída.

Dos años antes del accidente la basílica había sido declarada Monumento histórico nacional. Entonces se estableció que la Dirección Nacional de Arquitectura realizara los trabajos de conservación y restauración necesarios, a pedido de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos y con aportes del Presupuesto Nacional.

Pero a la Basílica de Luján, la declaración de monumento histórico le llegó tarde, en 1998. Al año siguiente, la Dirección Nacional de Arquitectura encargó un análisis minucioso de la fachada y las torres. Su realización fue en efecto compleja, ya que expertos en energía atómica tuvieron que sacar gammagrafías, para radiografiar las estructuras de metal que sujetan adornos y columnas.

Los estudios preliminares de las causas del deterioro revelaron que la piedra caliza traída desde Colón, Entre Rios, por el Padre Salvaire resultó demasiado porosa y blanda para el exterior. Y el agua de las lluvias, al filtrarse, oxidó las estructuras de hierro que sostienen los cientos de ornamentos. Las raíces de musgos y líquenes y la erosión producida por el viento también contribuyeron a aflojar fragmentos y piezas.

La basílica es "una especie de gran pila de piedra, en el medio de la pampa y abierta a los cuatro puntos cardinales; la erosión crece en razón directa con la altura", señala el arquitecto Jorge Gazaneo quien, junto con su colega Rodolfo Morello, realizó el estudio y dirigirá la recuperación. La "piel" de esa mole resultó ser vulnerable, y para repararla, habrá que tratarla con delicadeza.



Comienza la Restauración


Tres años pasaron hasta que las obras de restauración empezaron a tomar forma. La primera etapa buscó refaccionar la fachada y las torres. Poco a poco se instaló un taller al pie del templo, donde se cincelaron los ornamentos carcomidos por el tiempo.

No sólo se comenzó con un sector piloto sino que, además, cada producto y cada técnica fueron probados antes en un laboratorio a instalado al pie de la Basílica. Los ensayos fueron supervisados por la Dirección Nacional de Arquitectura, que pagó a una constructora 4,5 millones de pesos por los trabajos.

El obrador incluyó un taller de restauración, donde se cincelaron a mano los ornamentos faltantes, con el mismo método usado un siglo atrás. Allí también se moldearon algunos de los llamativos demonios que se asoman desde las cornisas, con una mezcla de hormigón armado y polvo de piedra caliza.

Para asegurar las piezas y los trozos sueltos, a veces hubo que desmontarlos por completo, para fabricar un nuevo esqueleto metálico antes de volver a armarlos. Del reloj se sacaron los nidos de horneros. Y los alféizares y salientes recibieron un tratamiento para que no filtre el agua.

Eliminar los musgos y líquenes, cuyas raicillas penetran en los poros de la piedra, quizá fue una de las tareas más sutiles. Cepillos blandos y mucha paciencia, así como el uso de químicos no agresivos al material ni contaminantes del ambiente fueron requeridos para la restauración. La limpieza del monumento histórico nacional exigió productos importados tanto como el uso de productos doméstico: desde jabones para ropa fina, hasta cáscara de huevo molida y pulverizada con soplete.

También se realizaron otras labores menos visibles aunque indispensables: se emplazó balizas en las torres y un montacargas en una de ellas; se colocó un sistema de 42 pararrayos; se puso a punto el reloj; se limpió y apuntaló el vitral grande, cuya restauración quedó para la segunda etapa, con artesanos de Burdeos, donde fue fabricado.

En cuanto a las cruces, de 6 metros de alto, artesanos herreros del Astillero Río Santiago fabricaron las nuevas, que pesaron 850 kilos cada una. Para insertarlas se alquiló una grúa pluma de 130 metros de alto.

Protección de la Virgen

En Julio del 2007 se anunció la creación de un dispositivo especial para proteger la imagen de la Virgen de Luján, que fue montada sobre una plataforma que tiene cuatro vidrios capaces de resistir ataques vandálicos. El proyecto, con un costo estimado en 100 mil dólares, entre otras cosas, prevé una grúa para bajarla del lugar donde está habitualmente.

La iniciativa surgió de una idea del arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Rubén Di Monte, quien expresó su preocupación ante la posibilidad de que "un desequilibrado pueda agredir (la estatuilla) a martillazos".

"Si no le pasa nada a la Virgen, nadie se acordará de mí. Pero si le pasa, me van a maldecir mil años", dijo el prelado al firmar el convenio de adjudicación de obra con la empresa Nilo Construcciones. Además, recordó el ataque (en 1975) a La Piedad de Miguel Angel, en la basílica de San Pedro, o las dos oportunidades en que se violentó la imagen de Nuestra Señora de Aparecida.

El proyecto demandó un minucioso estudio previo del recinto donde se ubicará la estatuilla, de apenas 38 centímetros, moldeada en arcilla cocida, por tratarse de un material propenso al deterioro por acción de la humedad, la temperatura y la luz.

La reliquia será rodeada con cuatro vidrios capaces de resistir un ataque con munición de grueso calibre. "No se optó por una caja herméticamente cerrada, sino por cuatro vidrios a modo de escudos, sin techo, que permitan una ventilación natural de ese espacio", explicó el arquitecto Rodolfo Morello.

El proyecto prevé un sistema de montacarga o grúa de desplazamiento para bajar "el recinto antivandálico" desde los seis metros, donde se encuentra el camarín de la Virgen, hasta el metro y medio sobre el sagrario de la capilla ubicada a espaldas del altar mayor del santuario.

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